En estos tiempos de pandemia, los viajes al extranjero están bastante limitados, y aunque en nuestros planes antes de que todo esto empezara entraba hacer alguna escapada fuera, creo que estamos llevando relativamente bien el tener que movernos únicamente por España y Portugal. Al menos lo llevamos bien hasta ahora, porque si hay un viaje que nos hacía ilusión y que además es el único que estaba medio planeado desde hace un año, era el viaje de navidad para seguir conociendo lugares mágicos por Europa en esas fechas.

No desvelaremos el destino que teníamos pensado, y del que incluso hasta no hace tanto estuvimos mirando cosas para reservar, por si acaso. Ese destino nos lo guardaremos para un futuro que esperemos no sea muy lejano, y a cambio, hablaremos del que fue nuestro primer viaje de este tipo el año pasado, recorriendo la región de Alsacia en Francia, un lugar que nos enamoró y nos ratificó en nuestros deseos de viajes navideños, porque era algo de lo que los dos teníamos muchas ganas y que tras probarlo, lejos de hacernos sentir decepcionados, nos dejó con ganas de seguir conociendo más lugares en estas fechas tan señaladas.

Como siempre, lo primero es contar un poco cómo fue el proceso de planificación y decisión del destino. Pese a que en fechas tan señaladas es preferible evitar viajar en fines de semana o puentes, en nuestro caso nos tuvimos que saltar todos esos consejos, ya que las únicas fechas que tuvimos libres eran en el puente de diciembre, y además no lo supimos seguro hasta escasamente una semana antes, así que nos tocó amoldarnos a esos días y planificar un poco deprisa y corriendo, sabiendo que íbamos a tener algo de penalización tanto para el vuelo como para el alojamiento.

Itinerario, alojamiento y gastos

Precisamente para tratar de ahorrar un poco en el vuelo, cogimos la salida desde Porto, evitando los precios mucho más altos en España por el puente, y desde allí, la mejor combinación era para ir al EuroAeropuerto de Basilea-Mulhouse-Friburgo, así que estando la región de la Alsacia entre nuestras preferencias como destino navideño, esa fue nuestra elección definitiva, saliendo a primera hora del viernes 6 de diciembre y regresando el lunes día 9, por lo que en total estuvimos cuatro días y tres noches.

El vuelo nos salió finalmente por 156 euros a cada uno, volando con EasyJet, y a ese gasto tuvimos que sumarle 12 euros del Parking en el que dejamos nuestro coche en el Aeropuerto de Porto los días que estuvimos fuera, más 25’95 euros de peajes en el camino hasta la localidad portuguesa. En definitiva, como os dijimos, no son las mejores fechas para viajar, pero aún sumando todos estos gastos, nos salía más barato que las opciones que vimos saliendo desde Madrid.

En cuanto al itinerario, que más adelante ampliaremos con una explicación más detallada de todos los lugares donde estuvimos, quisimos meter la mayor cantidad de sitios posible, ya que consultando previamente por internet vimos muchos pueblos que merecían la pena, y la verdad que por nosotros hubiéramos metido incluso más, pero finalmente quedó así:

Día 1: Llegada al EuroAeropuerto de Basilea-Mulhouse-Friburgo / Sélestat / Ribeavillé / Eguisheim

Día 2: Castillo de Haut-Koenigsbourg / Obernai / Strasbourg

Día 3: Riquewihr / Kaysersberg / Colmar / Turkheim

Día 4: Eguisheim / Mulhouse / Salida desde el EuroAeropuerto de Basilea-Mulhouse-Friburgo

Además, en lo relativo al alojamiento, nos decidimos finalmente por un pequeño hotel fuera de las localidades más conocidas, ya que al reservar con tan poca antelación los precios que vimos en estos principales lugares eran ya prohibitivos. Por tanto, reservamos a través de Booking en el Hotel À l’Arbre Vert, situado en el tranquilo pueblo de Wintzfelden, que está más o menos en medio de todo lo que queríamos visitar, y que en cuanto a precio se ajustaba más a nuestras posibilidades, saliendo las tres noches por 196’90 euros. Además, el sitio nos sorprendió gratamente, contando con una habitación bastante amplia y en la que estuvimos muy bien, pese al inconveniente de no poder estar en alguno de los sitios más conocidos para visitar, que era nuestra primera idea.

Por último, en lo relativo a gastos, nos queda mencionar el alquiler del coche, que hicimos en el propio Aeropuerto. En esta ocasión alquilamos con Sixt un Peugeot 2008, saliéndonos los cuatro días por 286’44 euros, quedando muy contentos con el coche y con el servicio que recibimos, tanto por la rapidez como por lo bien situado que estaba todo para poder empezar ya sí, nuestro viaje por la Alsacia.

Completado ya este prólogo explicando los pormenores de la organización del viaje, toca ya meterse en faena a contaros lo realmente bonito, lo que vivimos allí, y lo vamos a hacer hablando de cada localidad, según el orden en el que las conocimos. En esta entrada podréis ver los dos primeros días de viaje, pero hay también una segunda parte en la que podéis ver también el resto del viaje, con las jornadas de domingo y lunes contando como siempre paso a paso nuestra experiencia.

Sélestat

El primer sitio al que nos dirigimos, tras llegar nuestro vuelo a primera hora de la mañana y recoger el coche de alquiler, fue a Sélestat. Situado a poco menos de una hora al norte del aeropuerto, puede que fuese el sitio del que menos disfrutamos en este viaje. El horario del vuelo y el haber tenido que llegar hasta Porto de madrugada, nos obligó a pasar la noche sin dormir, algo que notamos esa mañana, en la que además, por el horario, tampoco estaba el mercadillo navideño a plena actividad.

Pese a todo, como primer acercamiento nos gustó, ya que Sélestat cuenta con un centro histórico bastante bonito. De hecho, dejamos el coche justo al lado de la Iglesia de Saint-Georges, de estilo gótico, construida entre el siglo XIII y XV, así que la primera impresión ya fue buena. A partir de ahí, fuimos tranquilamente recorriendo el centro, con poca actividad a esas horas, pero con algunos puestos ya abiertos en los distintos mercados distribuidos por las plazas.

En nuestro caso, empezamos por el Village de Noël situado cerca de la Bibliothèque Humaniste, otro de los principales atractivos de la ciudad, ya que guarda infinidad de obras que van del siglo VII al siglo XVI, lo que la convierte en uno de los mayores tesoros culturales de toda la región de Alsacia. Entre sus colecciones destaca la de la escuela latina fundada en 1452 y la del Beato Renano, que llegó a su ciudad en 1547 y está inscrita en el registro de ‘Memorias del Mundo’ de la Unesco desde 2011. La pena fue no poder visitarla, ya que se encontraba cerrada el día que estuvimos, ya que además en esta biblioteca existe un manuscrito de 1521 en el que se hace referencia por primera vez en el mundo a un árbol de navidad.

Siguiendo nuestro camino por el centro histórico, pasamos junto a la Iglesia de Sainte-Foy, construida en el siglo XII, de arquitectura románica, elaborada con sillares de arenisca roja, típica piedra en esta zona alsaciana, que se puede ver en muchas construcciones de la región e incluso en zonas fronterizas de la vecina Alemania. Justo delante, estaba montada una pista de hielo, pero que por la mañana no estaba abierta, así que proseguimos camino hasta llegar al Village de Noël situado en la Place d’Armes, junto al Ayuntamiento de la ciudad.

Nuestra visita transcurrió un poco en ese recorrido entre los dos mercadillos, que a esas horas no estaban abiertos en su totalidad, aunque que ya contaban con varias de sus casetas disponibles con sus adornos navideños, comida, vino caliente o artículos de todo tipo, así que aprovechamos para comer algo tranquilamente, antes de emprender camino para el check-in en el hotel, en donde aprovechamos para descansar un poco antes de nuestra siguiente visita.

Ribeauvillé

Tras el pertinente descanso, que la verdad que necesitábamos, emprendimos camino hacia Ribeauvillé, otro de los puntos marcados en nuestra ruta, aunque también uno de nuestros pequeños errores, ya que habíamos leído que tenía un atractivo mercado medieval ambientado en la navidad, pero no nos dimos cuenta que ese mercado empezaba el sábado, así que lo único que pudimos ver en este caso, al ir en viernes, fueron los últimos preparativos de los participantes montando sus casetas, pero sin que estas estuvieran abiertas.

Pese a todo, el pueblo en sí también tiene mucho atractivo, y los comercios estaban abiertos, además de estar las calles ya decoradas, así que pese a nuestro error, pudimos disfrutar igualmente de este lugar, con un emplazamiento privilegiado, rodeada de colinas en donde se erigen hasta tres castillos, que en su día fueron de los señores de Ribeaupierre.

La ciudad de Ribeauvillé se visita de forma bastante sencilla, ya que casi todo lo más destacado está a lo largo de la calle principal, la Grand Rue. Aquí se pueden ver las casas típicas de esta zona alsaciana, con su entramado de madera. Además, en esta época navideña, prácticamente todas están decoradas, lo que deja una estampa muy bonita en toda la calle, en la que no suele faltar la animación que aportan los visitantes.

Uno de los principales atractivos en esta época navideña en la que el frío ya comienza a notarse, son los puestos en los que se sirve Vin Chaud (vino caliente y especiado), ya sea vino tinto o blanco, es una experiencia diferente a lo que estamos habituados más al sur de Europa, y no vamos a mentir, no teníamos demasiadas expectativas con ello. Pero precisamente aquí en Ribeauvillé lo tomamos por primera vez y la verdad que nos sorprendió y nos conquistó, tanto para entrar en calor como por su sabor. Además, en cada mercadillo, los vasos donde lo sirven solían estar personalizados con motivos de la localidad o del propio mercadillo en sí, así que terminamos llevándonos varios de esos vasos de recuerdo también.

Pero volviendo de nuevo a la visita, pese a no contar esta localidad con las típicas casetas de madera, que abrirían al día siguiente, pudimos pasear por esta Grand Rue, pasando por la Place de la Mairie, donde se encuentra el Hotel de Ville, del siglo XVIII de un lado y la Iglesia del Convento, de 1452 al otro lado. Un poco más adelante, pasamos por la Tour des Bouchers, una torre construida en el siglo XIII, con 29 metros de altura y que forma parte de la antigua muralla de la ciudad.

A partir de aquí, el camino baja un poco en densidad de gente, hasta llegar a la Place de la Sinne, una de las más bonitas en Ribeauvillé, presidida por la Fuente de Friedrich, con una escultura de André Friedrich. El siguiente tramo de la Grand Rue, hasta la Fontaine de Ribeauvillé, situada en la Place de la République, no contaba con mucha actividad cuando pasamos, más allá de los preparativos para el día siguiente empezar el mercadillo, pero dejaba una bonita vista con uno de los castillos al fondo sobre la colina.

A partir de ahí emprendimos tranquilamente el camino de vuelta atravesando de nuevo la Grand Rue en dirección opuesta, dirigiéndonos ya hacia el coche para hacer la última visita que teníamos prevista para este primer día.

Eguisheim

La última parada de este primer día en Alsacia fue en Eguisheim, aunque llegamos algo tarde, cuando los puestos en los mercadillos empezaban ya a cerrar. Aprovechamos por tanto para pasear tranquilamente por este precioso pueblo, clasificado como uno de los más bellos de toda Francia, con una disposición de calles concéntricas que fueron surgiendo en torno a un castillo erigido en el siglo VIII. Sus calles empedradas, que discurren entre casas con sus entramados de madera le dan un aire especial, y la verdad que el encanto que ya habíamos visto en numerosas lecturas antes de nuestro viaje, pudimos constatarlo allí mismo.

Nada más llegar, entramos por la rue de l’Hopital, que nos llevó casi directos a la Place du Château, epicentro de Eguisheim, con una fuente en la que destaca la estatua de Saint-Léon IX, en esta localidad en el 1002, y que fue Papa del 1049 al 1054. La plaza cuenta también con algunos puestos navideños y con decoración, lo que unido a la vista en la parte posterior del Château Saint-Léon y de la Iglesia Saints Pierre-et-Paul, deja una postal increíble, que fue la mejor tarjeta de presentación para este pequeño pueblo.

Además, pese a la belleza de esta primera parada en Eguisheim, aún nos quedaba llegar al punto más conocido, Le Pigeonnier, que es sin duda el lugar más fotografiado en esta población. Hasta aquí se llega a través de la Grand’ Rue, que cruza de lado a lado la localidad, y como hemos apuntado previamente, es difícil encontrarlo sin gente haciéndole fotos. Por eso, tras un primer acercamiento y dada la hora, volvimos sobre nuestros pasos unos metros para  parar en el Restaurante Auberge du Rempart, donde aprovechamos para cenar, ya que tuvimos suerte y tenían mesas libres.

Nuestra intención obviamente era probar alguna especialidad alsaciana, así que pedimos una Tarte Flambée y un Choucroute. Eso, junto a dos copas de vino, porque no hay que olvidar que, aunque nosotros nos centráramos solamente en los aspectos más navideños, esta zona también es muy conocida por la Ruta de los Vinos de Alsacia, hizo que la cena saliera por un total de 38’50 euros, quedando bastante satisfechos con la calidad tanto del servicio como de la comida en sí.

Quedaba solamente rematar el día con otro pequeño paseo por Eguisheim, ahora ya casi desierto de gente. Pudimos por tanto aprovechar para hacer fotos tranquilamente en Le Pigeonnier, la Place du Château, o en general toda la Grand’ Rue, que fue la parte que recorrimos, pasando también por la Place du Marché Aux Saules, donde se sitúa uno de los mercadillos navideños. Un gran broche para un agotador día, pero que nos dejó con ganas de ver más en esta bonita localidad, decidiendo que volveríamos en los próximos días para poder verlo también de día y con más actividad navideña.

Château du Haut-Kœnigsbourg

Para comenzar nuestro segundo día en Alsacia, hicimos la que fue la visita menos navideña del viaje. Aprovechando la cercanía, nos acercamos a conocer el Castillo de Haut-Kœnigsbourg, el único castillo medieval en la región que está completamente restaurado, una joya para los amantes de este tipo de construcciones que no queríamos perdernos.

Situado en lo alto de la montaña del Stophanberch (755 metros), domina desde esta posición las llanuras circundantes, una importancia estratégica de la que se dio cuenta Federico de Hohenstaufen, duque de Suabia, que mandó su construcción, encontrándose una mención del castillo por primera vez en el siglo XII. Se encontraba en el cruce de importantes rutas comerciales, lo que le dio bastante importancia en la época, destacando su protagonismo en la guerra de los Treinta Años, cuando resistió más de un mes a los ataques de los suecos, terminando finalmente por ser arrasado y luego incendiado, lo que provocó su abandono, que se prolongó durante más de dos siglos.

A finales del siglo XIX, con Alsacia bajo administración alemana, el emperador Guillermo II (Wilhelm en alemán) de Hohenzollern decidió que fuera restaurado, encargándole esta tarea al arquitecto Bodo Ebhardt, terminando estos trabajos en 1918, poco antes de que por el Tratado de Versalles (1919), Alsacia retornara a ser territorio francés, pasando también a ser propietarios del castillo.

Nosotros salimos a primera hora de la mañana de nuestro alojamiento, ya que teníamos casi una hora de camino hasta el castillo, pudiendo llegar directamente el coche y aparcar en la misma carretera en la entrada. Allí mismo sacamos las entradas (9 euros por persona) y empezamos la visita, que hicimos por libre sin audioguía.

La verdad que se puede hacer bien así la visita, simplemente siguiendo los folletos turísticos que se pueden coger al sacar las entradas, pero también es cierto que fue un poco agobiante, ya que había bastante gente, y al pasar por las estancias del interior del castillo, era complicado moverse o poder sacar bien fotos. Pero bueno, también era un poco el peaje que esperábamos al tener que viajar en unas fechas de tanto movimiento de gente.

Esa entrada al interior se hace a través de una escalera de caracol que da acceso a las distintas salas donde se ubicaba la parte habitable del castillo, con numerosas habitaciones, sala del Kaiser, sala de recepción de trofeos de caza, capilla, bodega o sala de armas, todas ellas con abundante mobiliario.

Tras esta primera parte, se accede al jardín, desde donde se llega al gran bastión, construido para servir de protección y asegurar la defensa del castillo, contando con una plataforma de artillería. En la torre sur, las aberturas nos permiten una espectacular vista a los bosques que rodean el castillo y la llanura, pudiéndose ver también en días claros desde la torre norte los castillos de Ortenberg y el de Frankenbourg. En nuestro caso, el día estaba algo nublado, entonces la visión de los alrededores era más limitada, pero aún así las vistas en esta parte del castillo merecían mucho la pena.

Al bajar de esta parte, se emprende ya el camino de vuelta hacia el lugar de inicio de la visita por un jardín inferior que pasa entre los muros del castillo y la muralla que rodea a toda la edificación, un bonito colofón a casi dos horas de visita en un lugar idílico que te transporta a otra época y al que merece la pena acercarse, aunque como reseñamos antes, la pega fue la gran cantidad de gente que había, que por momentos hacía el recorrido algo agobiante, aunque suponemos que ahora esto no sucederá, ya que por la pandemia se habrán regulado más el número de personas que puede entrar al mismo tiempo a la visita.

Obernai

Completada esta primera visita, rápidamente cogimos el coche de nuevo y pusimos rumbo a nuestro próximo destino, siguiendo camino hacia el norte para llegar a Obernai. Aquí llegamos poco antes de la hora de comer, pudiendo dejar el coche en uno de los aparcamientos gratuitos que hay por las afueras de la ciudad, caminando luego hasta el centro.

En nuestro caso, nuestro acceso a esta zona con más actividad fue a través de la Place de l’Etoile, una bonita plaza en donde se situaba un pequeño mercadillo con algunas atracciones para niños, aunque a esa hora no contaba con mucha actividad.

Desde ahí seguimos camino por la rue du Général Gouraud hasta la Place du Marché, ya en el mismo centro de Obernai, habiendo dejado a mano izquierda la Iglesia de Saints Pierre et Paul, uno de los lugares más destacados en la ciudad.

En esta Place du Marché se ubica el principal mercadillo navideño y junto con la rue du Marché concentra la mayoría de la actividad en esta época, con muchos puestos y comercios engalanados con su decoración navideña, con muchos osos de peluche colocados en las ventanas entre los adornos.

La imagen de la plaza con el Beffroi, torre de la ciudad y campanario de la capilla de la virgen, de fondo la verdad que dejan una bonita estampa, y nos hizo darnos cuenta que este lugar era el perfecto para reponer fuerzas y comer, aprovechando los puestos del mercado para tomarnos un Crepe y un Bretzel, todo ello, como no, con un Vin Chaud, que como ya os dijimos, nos encantó el día anterior, así que se convirtió ya en algo obligado a probar en cada mercadillo.

Tras esto, dimos un pequeño paseo por la rue du Marché para terminar de conocer esta parte de Obernai, pero rápidamente emprendimos el camino de vuelta hacia el coche, porque nos quedaba rematar el día con el plato fuerte de esta jornada, la visita a la capital alsaciana.

Strasbourg

Y es que nuestro camino hacia el norte no tenía otro destino que Estrasburgo, capital de la región de Alsacia, situada a algo menos de media hora de Obernai, y a donde llegamos a primera hora de la tarde. Aquí el tema de aparcamiento es algo más complicado, optando nosotros por aparcar en zona azul, ya que al ser sábado por la tarde, no quedaba mucho tiempo para que acabase el horario de pago, teniendo que gastar únicamente un euro y pudiendo así dejar el coche relativamente cerca de la zona centro.

Tuvimos además la suerte de aparcar muy cerca de los Ponts Couverts, por donde accedimos a la parte más céntrica de la ciudad, teniendo desde allí una espectacular vista de la Petite France en primer plano y el centro histórico de fondo, con la imponente silueta de la Catedral ya destacando en la distancia. Esto solo fue el preludio de una de las visitas que más nos gustó en todo el viaje, porque si bien teníamos más expectativas en los pequeños pueblos alsacianos que en la capital, Estrasburgo nos sorprendió y mucho, dejándonos realmente enamorados, pese a tener que soportar una gran aglomeración de gente por todas partes, que también hay que destacar este punto, pero pese a ello, merece mucho la pena dedicarle tiempo a esta ciudad.

Como apuntamos antes, la primera parte que visitamos fue por la Petite France, la zona de canales en Estrasburgo que, aunque no es muy grande, sí que tiene bastante encanto y es una buena carta de presentación antes de meterte de lleno en el centro histórico.

Continuamos camino pasando por la Place Saint-Thomas, viendo ya los primeros puestos navideños que inundan toda esta zona céntrica por la que avanzamos hasta la Place Gutenberg, muy cercana a la Catedral, que se deja ver desde la rue Mercerie, que da acceso al mercadillo que se extiende a los pies de este imponente templo declarado Patrimonio de la Humanidad, al que obviamente entramos para conocer también su interior, siendo además gratuito, aunque hubiese que esperar algo de cola.

Construida a lo largo de cuatro siglos, entre 1015 y 1439, la Catedral de Notre-Dame de Estrasburgo es un destacado ejemplo del gótico tardío. Su torre del campanario, con 142 metros de altura, fue durante dos siglos la construcción más alta del mundo.

En su interior alberga también varias obras dignas de reseñar, como el pilar de los ángeles, donde se representa el juicio final, un gran órgano con sus cajas góticas de madera esculpida y policromada o varias vidrieras de los siglos XIII y XIV. Además, en esta época del año, este espacio no se escapa tampoco de la decoración navideña.

Por último, en la Catedral hay que destacar también la presencia de un Reloj Astronómico, única parte de pago en el interior, con un coste de 2 euros por persona que merece la pena pagar para admirar esta obra del siglo XVI, considerada como ‘monumento histórico’ francés.

De vuelta ya al mercadillo situado en el exterior de la Catedral, con la noche ya empezando a caer sobre Estrasburgo, empezamos a visitar un poco los puestos.

La verdad que, dada la gran cantidad que hay distribuidos por todo el centro histórico, aquí fue donde más variedad de adornos navideños encontramos, y donde vimos los que más nos gustaron a nosotros, sobre todo en el mercadillo más tradicional de la ciudad, que se sitúa en la Place Broglie, a donde fuimos a continuación. Aquí está el llamado Christkindelsmärik, que es el más antiguo de todos los que se celebran en Estrasburgo y como decimos, el que más nos gustó.

Pero tocaba seguir con la visita y de ahí nos movimos hacia la Place Kleber, otro de los lugares más destacados, ya que aquí se sitúa el árbol de navidad gigante, que la verdad que es impresionante, y la pista de hielo, justo delante de El Aubette, un edificio de finales del siglo XVIII cuyas salas albergan en la actualidad diferentes actividades artísticas.

Además de estos puntos destacados, en los trayectos entre uno y otro, cada calle se encontraba adornada y cada poco se podían encontrar rincones con mucho encanto, multitud de puestos de comida o lugares con música en directo, haciendo que este centro histórico de Estrasburgo, que ya es bonito de por sí, en navidad se convierta en una auténtica maravilla para los amantes de esta entrañable época, porque como bien se puede ver en la entrada al centro por la rue du Vieux Marché aux Poissons, Estrasburgo es la Capitale de Noël, un lema turístico bien merecido en este caso.

Nosotros, tras las pertinentes fotos y compras y tras aprovechar una vez más para comer por los diferentes puestos de los mercadillos, siempre con un buen Vin Chaud para entrar en calor, acabamos la tarde paseando junto al río Ill en la zona del Palais Rohan, otro de esos puntos que rebosa encanto en la ciudad, que cuenta también con un pequeño mercadillo navideño y que con la iluminación nocturna es auténticamente precioso.

Nos tocaba ya despedirnos de esta intensa tarde noche por Estrasburgo, que fue agotadora porque no paramos en ningún momento de caminar entre los distintos puntos destacados por el centro, pero que nos dejó momentos realmente inolvidables, como el propio camino de vuelta de nuevo por los Ponts Couverts que ahora con la iluminación nocturna lucían espectaculares, dándonos así la mejor despedida para nuestro segundo día de viaje.


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