Tras el periodo tan largo de confinamiento, teníamos ya muchas ganas de poder hacer de nuevo un viaje. Habíamos podido hacer algunas escapadas cercanas, pero la sensación de planificar unos días fuera y todo lo que ello implica, la echábamos de menos, así que aprovechando que teníamos un bono regalo de dos noches de hotel pendiente de usar, decidimos que un fin de semana de escapada era la mejor manera para empezar el mes de julio.

Tocaba entonces elegir el destino, y ahí nos decidimos por Cuenca por ser una ciudad Patrimonio de la Humanidad, lo que hace que sea una elección muy atractiva, que nos quedaba a una distancia no excesivamente lejana, para no perder mucho tiempo de viaje, y que además contaba con muchos sitios cercanos para no limitar la visita solo al entorno urbano, ya que las opciones de naturaleza eran amplias, incluyendo alguna que implicaba poder bañarnos. Al final, como casi siempre, nos quedó una planificación cargada de cosas que visitar, pero ya sabéis que siempre nos cuesta dejar cosas fuera, así que nada, pasamos ya a contar cómo fue nuestra experiencia en tierras conquenses

Día 1 – Ciudad Encantada, Uña, Ventano del Diablo, Los Callejones de las Majadas y primer contacto con Cuenca

Una vez planificado todo, a primera hora del viernes nos pusimos en camino, siendo nuestra primera parada al llegar la Ciudad Encantada. Un paraje natural que acoge varias agrupaciones de formaciones rocosas con caprichosas formas. Se ubica en una finca privada y la entrada cuesta 5 euros, pero merece la pena la visita, que se realiza de forma cómoda, son solo tres kilómetros de recorrido, que a nosotros nos llevó cerca de dos horas, tomándolo con calma para hacer fotos e incluso parando para comer durante el recorrido.

La acción del agua, el viento y el hielo ha moldeado a través de miles de años este entorno, haciendo posible este fenómeno kárstico. Nada más entrar, en el inicio del recorrido, nos encontramos con el Tormo Alto, que es la formación más característica del sitio, y de hecho su silueta es el símbolo de la Ciudad Encantada, y no es de extrañar, ya que impresiona ver esta roca con su fina base sosteniéndose de forma que casi podría parecer inverosímil.

A partir de ahí el recorrido continúa de forma circular, bien señalizado y por un sendero cómodo que va acercándose a las formaciones señalizadas (los barcos, el perro, el puente, la cara del hombre, la foca, el tobogán, el mar de piedra, el elefante y el cocodrilo, el convento, la tortuga, los osos o los amantes de Teruel), pero que también permite ver otras formaciones rocosas no marcadas en los carteles, lo que hace que sea la imaginación propia la que intente descifrar qué es lo que parecen, lo que da mayor juego al no seguir una idea ya preestablecida, como ocurre con las que sí se indican durante el paseo por el sitio, pudiendo así imaginar incluso al último mohicano allí esculpido y rodeado de otras rocas con formas variopintas.

Una vez finalizada la visita a la Ciudad Encantada, y viendo en el propio parking de este lugar una indicación hacia un mirador, decidimos acercarnos hasta allí caminando, pese a que se encontraba a un kilómetro y medio aproximadamente, que se convertía en tres kilómetros si contabas con la vuelta. El camino era cómodo, aunque no tenía sombras, pero bueno, una vez llegados al mirador de Uña, merecía la pena por las vistas, con la localidad de Uña y su laguna de fondo desde las alturas, dejando una bonita estampa.

Precisamente la Laguna de Uña fue nuestro siguiente destino, a unos quince minutos desde la Ciudad Encantada, situada en la localidad de Uña, esta laguna, situado en un entorno privilegiado, en plena Serranía, rodeada de montañas y cubierta en parte de vegetación, deja unos paisajes espectaculares, contando además con varias pasarelas que te permiten adentrarte un poco en las zonas de agua, por lo que los amantes de las fotos tienen aquí un pequeño paraíso en el que echar un buen rato buscando los mejores encuadres.

Una vez aprovechado bien el tiempo para hacer una buena cantidad de fotos, seguimos nuestro camino hacia el Ventano del Diablo, situado en plena carretera en dirección hacia Cuenca. Se trata de un mirador en forma de cueva en la roca, con dos amplias ‘ventanas’ para contemplar desde las alturas el río Júcar, que discurre abriéndose paso entre las escarpadas paredes de la Serranía. Es un lugar que se visita rápido y que te ofrece unas bonitas vistas, pudiendo incluso dedicarle más tiempo si se quiere bajar hacia el propio río, pero eso en nuestro caso lo reservábamos para un par de días después.

Con la tarde ya avanzando, teníamos que completar esta primera jornada de visitas por la Serranía con los Callejones de las Majadas, pero de camino a este paraje natural, no pudimos resistirnos para visitar otro punto destacado de esta zona, el Mirador del Tío Cogote, un balcón con unas vistas espectaculares a la Serranía y el prólogo perfecto para iniciar luego la visita a los Callejones de las Majadas.

En cierta manera similares a la Ciudad Encantada, los Callejones de las Majadas, situados cerca de la localidad de Las Majadas, se hacen de una manera más libre, y no hay que pagar entrada para visitarlos. No cuentan con señalización junto a las formaciones rocosas, pero sí que tienen el sendero bien señalizado, y sus aproximadamente tres kilómetros se recorren de forma cómoda, así que es un lugar donde echar a volar la imaginación, porque, de nuevo, las rocas han terminado adquiriendo caprichosas formas en las que cada uno puede ver animales, personas o múltiples objetos que se asemejan a estas grandiosas rocas cinceladas por la acción del agua, el hielo, el viento y las variaciones de temperatura durante miles de años.

Llamados callejones porque en varias partes del sendero, éste se estrecha hasta verte casi encajado entre dos paredes mientras avanzas, estas zonas se alternan con otras más abiertas que permiten de nuevo encontrar lugares de ensueño para hacer fotografías, por lo que la visita se hace muy amena y merece la pena la caminata, que por otro lado no es especialmente dura.

En este momento, tocaban ya a su fin las visitas por la Serranía y teníamos que poner rumbo hacia el hotel para hacer el check-in. En este caso, al ser a través del bono regalo, no tuvimos muchas opciones para poder escoger, así que no pudimos alojarnos en el mismo Cuenca. Nos alojamos en el Hotel Midama, situado en Chillarón de Cuenca, a escasos nueve kilómetros de la capital, un tranquilo pueblo y un hotel pequeño, pero que no estaba mal, aunque se echaba algo de menos el aire acondicionado en la habitación, pero por lo demás, la verdad que no tuvimos ninguna queja, dándonos muchos consejos e indicaciones el dueño sobre lugares para visitar en el entorno de la provincia.

Pero bueno, una vez ya instalados en el hotel, nos quedaba aún la noche, y ahí ya sí decidimos ir a tener un primer contacto tranquilo por Cuenca, aprovechando para cenar y dar un paseo nocturno. Para lo primero, decidimos tapear en la calle San Francisco, en la parte nueva de la ciudad, una de las zonas más populares en esas horas, con varios bares y bastante animación. Nos tomamos unas alpargatas y unas cañas, que la verdad que tras el día ajetreado en el que habíamos caminado bastante, nos sentaron de maravilla, y nos permitieron reponer fuerzas para la última parte de la noche.

Y es que tras esa cena, tuvimos nuestro primer contacto con el casco histórico, y obviamente con sus cuestas, ya que desde esa parte nueva, todo es subida hacia la Plaza Mayor, pero poder pasear por esos callejones y disfrutar de algunos miradores por el camino, hacen que el esfuerzo sea más llevadero. En nuestro caso, paseamos un poco por la zona entre la Plaza Mayor y la entrada del Castillo, callejeando un poco, pero sin rumbo fijo en este caso, ya que la visita en sí ya la teníamos planeada para el día siguiente, así que esa noche se basó simplemente en disfrutar sin más de la ciudad, antes de emprender el camino de regreso al hotel.


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