Día 2 – Cuenca
El segundo día de nuestro viaje lo habíamos reservado al completo para visitar y disfrutar de la ciudad de Cuenca. Así, después de desayunar, pusimos rumbo a la capital de nuevo, dirigiéndonos con el coche a la parte más alta de la ciudad, pasando las ruinas del Castillo, donde hay espacio para aparcar sin tener que pagar, aunque si no se llega pronto, puede costar un poco encontrar ese aparcamiento gratuito.
Desde este punto alto de la ciudad, se puede ver perfectamente como las hoces del Huécar y del Júcar rodean Cuenca por ambos lados, creando un entorno único por el que además se puede pasear, e incluso bañarse, pero tocaba por el momento solo admirar desde las alturas esas zonas de los ríos, porque en ese punto hay miradores para contemplar la ciudad al completo, con unas vistas espectaculares sobre Cuenca que hay que aprovechar, sobre todo si no se tiene demasiado vértigo para moverte entre las rocas y buscar así los mejores encuadres para las fotos.


Una vez inmortalizadas estas estupendas vistas, toca poner rumbo hacia la ciudad en sí, pasando junto a las ruinas y el arco de lo que queda del Castillo, que da acceso al casco histórico de Cuenca.
Nada más pasarlo, nos encontramos con el Archivo Histórico Provincial de Cuenca y el Convento de las Carmelitas un poco más abajo, y si nos si vamos hacia el lado del río Júcar, nos encontramos con un mirador desde el que contemplar el río, pero también, si miramos hacia la montaña, los ojos de la mora pintados sobre la piedra y contemplando la ciudad, con una triste leyenda de amor detrás.



Volviendo hacia la calle principal, contemplaremos la Iglesia de San Pedro, desde donde enfilamos ya la bajada directamente hasta la Plaza Mayor.


Volvemos a contemplar de nuevo la Plaza Mayor, esta vez de día. La Catedral de Santa María y San Julián preside este espacio, pero destacan también las casas de colores que franquean a un lado y a otro el Ayuntamiento, cuyos arcos en la parte baja dan acceso a la plaza, que cuenta con bastante ambiente, con gran cantidad de terrazas y restaurantes.



Desde la parte derecha de la Catedral enfilamos ya la bajada hacia el puente de San Pablo, pasando antes junto a las Casas Colgadas, uno de los principales atractivos de la ciudad, cuyas mejores vistas se obtienen desde el propio puente o una vez pasado este, en la zona donde se ubica el Parador de Cuenca, ubicado en el antiguo Convento de San Pablo un bonito edificio que se levanta sobre las hoces del río Huécar.



Esta zona es en la que más gente se suele concentrar, y la verdad que se entiende el por qué. La vista de las Casas Colgadas que aún quedan en pie, completada por la vista del resto de la ciudad, levantándose sobre la roca, es digna de admirar y de dedicarle un tiempo, tanto para hacer las pertinentes fotos como para simplemente dejarse llevar ante la belleza del lugar.




Pero bueno, también se acercaba la hora de comer, así que había que poner rumbo hacia algún restaurante para reponer fuerzas y seguir probando la gastronomía local. En nuestro caso, optamos por la Plaza Mayor, sin complicarnos mucho, con un menú que nos salía a 15 euros por persona, en el que probamos el morteruelo y el ajo arriero para abrir boca en los entrantes, junto con una ensalada, optando como segundo plato por salmón y secreto ibérico, siendo en general una comida bastante aceptable y abundante.




Puestos de nuevo en marcha, cruzamos bajo el Ayuntamiento para dirigirnos hacia la Torre de Mangana. Esta torre neomudéjar, que se dice que en su día formaba parte del antiguo Alcázar de Cuenca, preside una amplia plaza que cuenta también con un bonito mirador hacia el río Júcar.


Completamos así las visitas principales por el casco histórico, así que decidimos volver a subir un poco para realizar la ronda del Júcar, que es el trayecto desde la parte alta de la ciudad hacía el río, pasando por el Santuario de Nuestra Señora de las Angustias. El camino es bonito, y una vez abajo, se puede seguir por los márgenes del Júcar, encontrando algunas zonas de baño, aunque en nuestro caso ese día no íbamos preparados para ello, así que nos quedamos un poco con las ganas de meternos al agua, ya que el día era de bastante calor.



Pero bueno, nos tocaba volver hacia la parte alta, y callejear un poco por esos sitios que no están marcados específicamente en los mapas turísticos, pero que siempre merece la pena conocer, algo que hicimos con calma antes de volver hacia el coche para pasar por el hotel a cambiarnos, ya que esa noche habíamos reservado para cenar.




En nuestro caso, la elección fue el Raff San Pedro, un restaurante que habíamos visto que tenía bastante buena pinta, y que no nos decepcionó para nada una vez allí. Con un local cuidado ubicado en unas antiguas caballerizas del siglo XVI, comimos un Ajo blanco de almendras, granizado de manzana y langostino tigre como entrante y de segundo Bacalao y pisto y Albóndigas de corzo rellenas de foié y puré de calabaza, dejando para el postre un Choco-Tex, resultando todo bastante bien.




Nos quedaba ya únicamente dar otro tranquilo paseo nocturno para seguir disfrutando de Cuenca bajo la luz de la luna, completando así un día bastante productivo en el que nos llevamos una gran impresión de la ciudad.




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