Tocaba inaugurar esta fase de ‘nueva normalidad’ que ya nos permite traspasar esas fronteras provinciales que nos ‘encerraban’ estos últimos meses, y en nuestro caso, tras dos experiencias recientes por las Arribes del Duero salmantinas, decidimos que era buena opción cambiar el artículo y visitar los Arribes del Duero, que así, en masculino, los llaman por la vecina provincia de Zamora.
Nuestra elección fue una ruta sencilla, Las Cascadas de Las Pilas, que según pudimos informarnos, eran un enclave bonito con dos cascadas en Almaraz de Duero, que se podía visitar con calma, pero bueno, en esta ocasión no todo salió tan bien como esperábamos.
Éramos conscientes de que en este inicio de verano, no podríamos ver estos saltos de agua en su mayor esplendor, pero por las páginas que habíamos consultado, sí que ponían que habitualmente el arroyo que las nutre cuenta con caudal durante todo el año, así que con esa esperanza de verlas fuimos. Pero al final, el arroyo estaba completamente seco, lo que dejó algo deslucida la jornada que habíamos planificado, ya que las cascadas, no eran tales ahora mismo.
Pero bueno, ya sabemos que estas cosas pueden pasar algunas veces cuando vas por parajes naturales que son cambiantes según la época del año, así que tocaba sacar provecho igualmente de la experiencia y disfrutarla, porque el lugar igualmente lo merecía, con el río Duero majestuoso empezando a encajonarse por sus Arribes.
Además, al ser una ruta corta, nos permitía complementarla con otra visita, y dada la cercanía a Zamora capital, tras la caminata nos dirigimos hacia allí para pasear tranquilamente por esta bella ciudad. Pero bueno, mejor ir por partes siguiendo la cronología del día.
Así que comenzaremos por la ruta de las Cascadas de las Las Pilas, que como ya hemos dicho antes, parte desde el municipio de Almaraz de Duero, situado a solo veinte kilómetros de Zamora. Una vez allí en el pueblo, se puede optar por dejar el coche y empezar a caminar desde la misma Plaza Mayor, conociendo así esta pequeña localidad de la comarca zamorana de la Tierra del Pan, que cuenta con una bonita Iglesia de El Salvador y una fuente romana.

Iglesia de San Salvador 
Fuente romana
Nosotros hicimos esta rápida visita, pero decidimos continuar con el coche esa primera parte de la ruta, debido al fuerte calor y a que no tiene un gran valor paisajístico, recorriendo durante unos cuatro kilómetros una pista de tierra, al principio de la cual vimos el único cartel informativo de la ruta, que estaba marcada como Ruta nº3, señalando con este nombre la dirección en la que ir en las sucesivas bifurcaciones que tenía el camino.

Cartel informativo de la ruta 
Camino hacia el inicio de la ruta
Una vez dejamos ya el coche, iniciamos un sendero más estrecho, viendo el imponente río Duero. Caminando unos pocos metros llegaremos a las ruinas de una antigua mina de estaño, tras la que pasaremos una pequeña pasarela de madera para dirigirnos a la primera de las cascadas, o en nuestro caso, la primera de las pozas de agua, ya que, como contamos antes, el Arroyo de los Molinos, que habitualmente nutre con su caudal estos saltos, ese día estaba completamente seco.

Inicio de la ruta 



Ruinas de la antigua mina de estaño 
Primera cascada
A partir de este punto el camino se torna un poco más complicado, empezando la subida hacia la segunda de las cascadas. El inicio de esta subida se hace por una zona que cuenta con una cuerda asida a la roca para ayudar a modo de barandilla, tras la cual encontramos tres peldaños de metal para salvar un pequeño desnivel.
Una vez superada esta dificultad, y supongo que debido a que el sonido del agua no nos ayudó a localizar bien la segunda cascada, proseguimos la subida por el lugar que creímos más adecuado, siguiendo además las marcas dejadas por anteriores senderistas con rocas agrupadas y llegando finalmente a donde queríamos, pero por un lugar diferente al que habíamos leído, ya que hicimos un camino algo más largo.
Subimos haciendo un recorrido en zig-zag que nos llevó hasta el Arroyo de los Molinos, pero algo antes de la segunda cascada, así que aprovechando que estaba seco, utilizamos el propio lecho por el que habitualmente corre el agua para llegar a ella.
Allí en esa parte alta, en el margen izquierdo vimos la pequeña gruta que permite bajar hacia la parte baja de la cascada. Un paso de unos ochenta metros por el interior de la roca que habitualmente también tiene el suelo cubierto de agua, pero que en esta ocasión, por suerte para nosotros, estaba bastante seco, así que al menos nos ahorramos mojarnos los pies.

Llegada del arroyo a la segunda cascada 
Gruta en el margen izquierdo del arroyo
Al otro lado de la gruta se veía la poza a la que cae el agua de la cascada, con una bonita vista del Duero también, así que, pese a no tener la suerte de disfrutar la cascada en su esplendor, al menos no fue en balde la subida.

Segunda cascada de la ruta 
Vista del Duero desde la segunda cascada

Gruta al margen derecho del arroyo
Además, cruzando de nuevo la gruta para subir al lecho del arroyo, por el otro margen, había otro hueco en la roca, esta vez más corto, para pasar también al frente de la cascada, pero por el otro lado, así que nos queda pendiente volver aquí cuando el agua corra como allí es habitual para disfrutar del lugar, porque tiene sitios muy chulos desde los que poder disfrutar los saltos de agua.
Conocidas ya las dos cascadas, o simplemente pozas en nuestro caso, se puede desandar el camino para volver hacia el coche o se puede hacer que la ruta sea circular, cruzando el Arroyo de los Molinos. Nosotros tomamos esta segunda opción, yendo además sobre aviso, por lo que habíamos leído, de que no había ningún tipo de señalización por la que continuar.

Inicio del camino de vuelta
Así que tocaba improvisar un poco y tratar de seguir el instinto para evitar perderse, algo que en principio no tiene por qué suceder, mientras se tenga más o menos claro la dirección en la que está el camino por el que habíamos llegado, orientándonos así sobre el rumbo a seguir, pasando junto a algunos antiguos cercados de piedra, ya en desuso aparentemente, siguiendo una trayectoria ascendente para llegar a una pista de tierra que nos llevará a la que habíamos tomado para llegar con el coche.

Cercados de piedra junto al camino 
Camino de vuelta
Al final fueron casi dos horas realizadas con bastante calma, sin mucha dificultad, y pudiendo disfrutar de hermosos paisajes, ya que, a pesar de la sorpresa negativa de que las cascadas no tuvieran agua, el entorno vale mucho la pena también.
Un paseo por Zamora para completar el día
Siendo aún primera hora de la tarde y teniendo tan cerca una ciudad como Zamora, no podíamos dejar pasar la oportunidad de acercarnos a la capital y dar un tranquilo paseo por sus calles. La realidad actual post pandemia nos dejó sin poder entrar a la zona del Castillo y sus jardines adyacentes, precintados por la policía, y nos mostró esa ‘nueva realidad’ plasmada en las mascarillas con los colores de la bandera zamorana que lucían algunas de las estatuas. Pero pese a todo, siempre es un placer recorrer las tranquilas calles zamoranas, que además a esas horas aún no tenían mucha actividad, así que pudimos disfrutarlas casi en exclusiva.
Empezamos el paseo precisamente por esa zona del Castillo, con la iglesia de San Isidoro, uno de los numerosos templos románicos con los que cuenta la ciudad, y sobre todo, con la Catedral, también de este estilo románico que tanto luce aquí.

Iglesia de San Isidoro 
Catedral de Zamora
Bajando poco a poco hacia el centro, una parada obligatoria es el Mirador del Troncoso, con unas vistas espectaculares al Duero, con el Puente de Piedra hacia la izquierda y los pocos restos del Puente Viejo que aún están visibles a la derecha. Además, en la calle que nos llevaba al Mirador, también nos llamó la atención los fragmentos de poemas que lucían en la pared, que le daban más encanto si cabe al lugar.


Mirador del Trancoso 
Poemas junto al Mirador
Proseguimos nuestro camino por las calles zamoranas encontrándonos con varias iglesias románicas, son hasta catorce las que hay, para llegar a la Plaza Viriato, que preside la estatua homenaje a este líder lusitano que destacó en sus guerras contra los romanos. Aquí se puede ver el edificio de la Diputación de Zamora, antiguo Hospital de la Encarnación, y el actual Parador de Zamora, en el edificio del Palacio de los Condes de Alba y Aliste.

Parador de Zamora 
Iglesia de San Pedro y San Ildefonso 
Iglesia de Santa María Magdalena 
Estatua de Viriato
Nos queda solo atravesar la calle Ramos Carrión, donde se sitúa el teatro homónimo, dedicado al autor zamorano Miguel Ramos Carrión, cuya casa se situaba precisamente aquí. Pasada esta calle, llegamos a la Plaza Mayor, donde podemos disfrutar de la Iglesia de San Juan, con el monumento al Merlú en su exterior, en homenaje a la Semana Santa zamorana.

Estatua al Merlú 
Iglesia de San Juan
Además, en la Plaza destacan tanto el Ayuntamiento Viejo, situado a un lado, como el Ayuntamiento Nuevo, al otro lado y justo enfrente del antiguo, creando todo ello, junto a la actividad hostelera con numerosas terrazas y gente que ya comenzaba a dejarse notar por las calles, un buen ambiente para estas tardes del comienzo del verano.

Ayuntamiento Viejo 
Ayuntamiento Nuevo
Nuestro paseo terminaba bajando por la calle Balborraz para dirigirnos hacia el Puente de Piedra, acercándonos al río Duero, al que por un día, una vez más, hicimos protagonista de nuestra jornada, y que como siempre, sigue sin defraudarnos.

Puente de Piedra
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