El Parque Natural de Las Batuecas-Sierra de Francia es un imprescindible si hablamos de la provincia de Salamanca, y en nuestro caso, ya conocemos muchos de sus pueblos, pero nos quedaba la asignatura pendiente de explorar más el entorno de estas localidades. Por este motivo, nos pusimos manos a la obra para buscar rutas que nos permitieran recorrer estos parajes, a la vez que revisitar los bonitos pueblos que allí se encuentran, y entre las opciones que pudimos ver, destacaba el Camino del Agua, una bonita ruta con salida y llegada en Mogarraz, que además tiene el atractivo de unir naturaleza y arte, al esconder en sus senderos varias obras artísticas que le dan valor añadido al recorrido, lo que nos convenció para hacer de éste, nuestra primera excursión por la zona.
Para llegar hasta Mogarraz, en nuestro caso, desde Salamanca, tomamos la salida en dirección a Vecinos, continuando luego hasta Tamames, localidad tras la cual se coge un ligero desvío a la derecha que te dirige hacia el Parque Natural de Las Batuecas-Sierra de Francia, siendo El Cabaco el primer pueblo que atravesamos antes de llegar a La Alberca, donde nos desviamos a la izquierda para tomar la carretera hacia Mogarraz.


Una vez en el pueblo, tras aparcar el coche, nos dirigimos, ya caminando, otra vez como si fuéramos de vuelta a La Alberca por la carretera, y casi llegando al final del pueblo, encontraremos en el lado izquierdo una señal que indica el comienzo del Camino de Agua, bien señalizado, para comenzar el descenso que nos llevará a cruzar el valle en dirección a Monforte de la Sierra. A partir de ahí, un camino de entre seis y siete kilómetros que se hace de forma cómoda y que en nuestro caso nos llevó un poco más de tres horas, incluyendo una parada para comer y una visita por Monforte de la Sierra.
Pero volvamos a los primeros pasos en la ruta, que se hacen entre bancales con huertas repletas de árboles, con olivos y cerezos entre otros, pasando poco después ya a adentrarnos en una zona más boscosa para atravesar los primeros lugares característicos de la ruta, las Pasaeras de Bocino, o lo que es lo mismo, unas piedras que ayudan a cruzar zonas por las que discurren regueros o que son más húmedas.



Esta es la antesala de la primera de las obras artísticas, titulada K’oa, de Miguel Poza, y consistente en dos jaulas metálicas vacías, que nos invitan a detenernos y escuchar los sonidos del valle con calma.




A partir de ahí continuamos la bajada acompañados por el sonido de fondo del Arroyo de los Milanos, hasta llegar al Puente de Monforte, donde vamos a encontrar la segunda obra, cuyo título es Serena, de Virginia Calvo, y que representa a una ninfa o hada marina cuya cola de pez emerge de la roca, dejando su otra mitad oculta en busca de sumergirse en el curso del agua que por allí pasa, bajando entre las piedras, dejando una bella estampa.




Pasado este punto, el camino empieza a ponerse cuesta arriba, saliendo al poco a la carretera, por donde discurre el siguiente tramo hasta llegar a Monforte de la Sierra. Pero antes de adentrarnos en esta localidad, nos encontramos con un bonito mirador en el que contemplamos Mogarraz al otro lado del valle, y donde, en teoría, debíamos ver la tercera de las esculturas del camino, de nombre S/T, de Alfredo Sánchez, pero que en nuestro caso, no pudimos disfrutar, ya que solo se encontraba allí su base y desconocemos qué había pasado con el resto de la obra.

Ahora ya sí, tras completar la subida hasta Monforte de la Sierra, el camino gira a la izquierda, saliendo de la carretera otra vez, pero en nuestro caso, decidimos adentrarnos en el pueblo un poco, conociendo esta pequeña localidad que, como otras en esta zona, cuenta con sus calles empedradas y sus edificaciones típicas con la arquitectura tradicional de la Sierra de Francia, siendo una buena parada para tomar con calma el camino y cambiar por un momento de entorno.




Pero tocaba seguir la ruta y tras conocer el pueblo, volvimos a adentrarnos de lleno en el Camino del Agua, entrando en la parte que probablemente es menos vistosa, el inicio de la bajada otra vez hacia el valle, pero que es simplemente la antesala de nuevos parajes de ensueño, porque una vez que se llega al entorno del Puente de los Molinos, la belleza del lugar es excepcional, pudiendo acercarnos al Arroyo de los Milanos para sacar algunas de las mejores fotos de la ruta.



Una vez pasado este Puente de los Molinos, encontramos además otro de los momentos artísticos del camino, con la primera de las ‘Siete sillas para escuchar’, obra de Manuel Pérez de Arilucea que recrea en este primer caso solo una silla «donde parar, sentarse, contemplar y no pensar en nada».

Poco después, tras un pequeño tramo de subida, encontramos una desviación perfectamente señalizada en la que giraremos hacia la izquierda, en dirección hacia Mogarraz.

Ahí iniciamos un descenso entre los árboles hacia el Puente del Pontón, donde encontramos el resto de sillas que forman la obra de Manuel Pérez de Arilucea, con cinco agrupadas antes de pasar el puente y la última una vez cruzado.


Aquí tenemos otro de esos puntos idílicos en el camino, cruzando de nuevo el curso del arroyo y con unos rincones que nos dejan unas bellas fotografías, lo que supone un buen refuerzo anímico antes de afrontar la parte más dura de la ruta, que no es otra que la subida final hacia Mogarraz.



Por aquí el camino va saliendo poco a poco de la zona arbolada para volver a meterse entre bancales, atisbando ya poco a poco las edificaciones de la localidad fin del trayecto, pero encontrando antes la última parada, otro pequeño mirador hacia el valle en el que vemos la Cruz de Mingo Molino, última de las obras artísticas de la ruta, de Florencio Maíllo, una torre con piedras de granito que forman el contenedor para la tierra y el agua de la lluvia, coronada por un ciprés como árbol de la memoria.



Un pequeño paseo por Mogarraz
Atrás dejamos algo más de tres horas de caminata para adentrarnos ya de nuevo en Mogarraz, una localidad que no deja indiferente a nadie en su visita. Declarada Conjunto Histórico-Artístico, forma parte de la red de Los Pueblos más Bonitos de España, con sus calles empedradas y la arquitectura tradicional de la zona en sus casas, cuyas fachadas cuentan con entramados serranos de madera rellenas de mampostería, pero además con la peculiar característica de mostrar las fotos de las personas que allí vivían en 1967.


Actualmente son cerca de 400 las fotos que se pueden ver por las distintas fachadas de todo el pueblo, gracias a la iniciativa del artista local Florencio Maíllo, que decidió rescatar las instantáneas tomadas por un fotógrafo allá por 1967 a los habitantes del pueblo para que tuvieran fotos de carnet para sacarse el DNI. A partir de estas fotografías, el pintor las traspasó a unos lienzos gigantes de chapa, que hoy son los que cuelgan sobre las fachadas, dejando así en el recuerdo a los habitantes de una localidad hoy azotada por ese mal llamado despoblamiento.


Esta iniciativa le da un aire pintoresco y único a Mogarraz, haciendo el paseo por sus calles, ya bonitas de por sí, diferente, siendo además un final perfecto tras la ruta realizada anteriormente, alargando un poco la caminata por sus rincones para llegar a la Plaza Mayor, donde recuperamos fuerzas en una terraza antes de emprender el camino hacia el coche.


Última parada en La Alberca
Lo ya relatado hasta el momento podía ser perfectamente la crónica de un gran día por la zona, pero en nuestro caso, habiendo terminado pronto, y teniendo que pasar en el camino de vuelta por La Alberca, la parada en esta localidad enclavada en el Parque Natural de Las Batuecas-Sierra de Francia era obligada, aunque fuera de forma rápida para dar un paseo de nuevo por sus calles, ya que anteriormente ya la habíamos visitado.

La Alberca pasa por ser, probablemente, el municipio más conocido y más visitado de esta zona. Forma parte también de la red de Pueblos más Bonitos de España y está declarada Conjunto Histórico-Artístico, y todo aquel que haya tenido la oportunidad de ir, habrá entendido el por qué.

Probablemente es donde mejor se pueda ver esa arquitectura típica de la zona, con los entramados serranos, y sus calles destilan encanto, con rincones de gran belleza por todo el casco histórico. Con una bella Plaza Mayor como epicentro, muy cerca encontramos la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, una construcción del siglo XVIII que cuenta en su exterior con una escultura al marrano de San Antón, toda una institución en la localidad, ya que es posible ver al propio marrano pasear libremente por las calles, siendo alimentado por los vecinos desde su suelta a principios de verano para engordarlo hasta el día de San Antón, cuando se sortea en una rifa popular.


Nosotros no tuvimos la suerte de poder cruzarnos con él, pero nos conformamos a cambio con disfrutar de las calles de esta mágica localidad, que ahora ya sí, pusieron fin a nuestra jornada por la Sierra de Francia, un lugar que nunca decepciona.




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👏👏👏👏👏 *Margarida João*
A bússola escreveu no dia sexta, 19/06/2020 à(s) 21:10:
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