Siracusa y sus joyas históricas, y culinarias
Impresionados aún por lo vivido en lo alto del Etna, nos tocaba ponernos en camino hacia Siracusa. Algo más de una hora de viaje hasta llegar a nuestro destino para descansar ese día, a donde llegamos ya siendo de noche, directos para el apartamento que habíamos escogido, dentro de la Isla de Ortigia, epicentro de lo más destacado de la ciudad. El alojamiento, los apartamentos de Il Mare di Ortigia, estaba bastante bien situado, y sin alardes, cumplía bien lo que esperábamos tras la reserva, aunque tuvimos algo de dificultad para encontrar aparcamiento gratuito cerca, loque finalmente se solventó con una buena dosis de paciencia, aunque nos hizo retrasarnos un poco a la hora de salir a cenar algo.
Pese a que era lunes y un poco tarde para cenar, finalmente dimos con un sitio de cocina típica siciliana que tenía buena pinta, la Trattoria O’Scina, y lo más importante, que podía darnos de cenar. Teníamos ganas ya de comer algo de pasta, así que en la carta fuimos directos a esa parte, aunque como entrante escogimos un pulpo con crema de patatas de Siracusa que no estuvo mal, pasando luego a unos spaghetti alla siracusana y unos ravioli di cernia con gamberetti al pesto di pistacchio di Bronte, dos platos que nos gustaron, aunque puede que, dadas las ganas y el hambre que teníamos ya a esas horas, esperásemos un poco más.




Para finalizar la noche, dimos un tranquilo paseo por la zona, atravesando las callejuelas de Ortigia para ver el Templo de Apolo, la Fuente de Artemisa o la Fuente de Aretusa, sitios destacables, pero no con la espectacularidad de la Piazza del Duomo, que con las luces nocturnas y la tranquilidad de ese lunes nos resultó impresionante, aunque el cansancio ya iba notándose, así que era el momento de volver hacia el apartamento, porque el día siguiente venía de nuevo cargado de cosas para hacer.
Y el martes comenzaría temprano, atravesando el populoso mercado de Siracusa, con los comerciantes gritando para atraer clientes a sus productos, destacando los puestos de pescado o de especias, toda una experiencia para empezar bien la mañana. Justo al lado del mercado teníamos además el Templo de Apolo, cuyas ruinas ahora contemplábamos de día, siendo la puerta de entrada hacia la zona más monumental de Ortigia, volviendo a pasar por la Fuente de Artemisa en nuestro camino a la Piazza del Duomo, que no perdía espectacularidad bajo el sol, una plaza amplia en donde no solo está la Catedral, ya que en pocos metros se concentra también el Ayuntamiento, el Palazzo Benaventano o el Palacio Arzobispal, además de la Chiesa di Santa Lucia alla Badia, por lo que, mires a donde mires, es complicado ocultar la cara de asombro.



De ahí bajamos hacia la Fuente de Aretusa para ver toda la zona de costa que por la noche lucía algo menos, encaminándonos hasta el Castello Maniace, un lugar donde lo más destacable son las vistas que se pueden disfrutar y desde donde caminamos siguiendo la costa hasta el límite de Ortigia con la zona más moderna de Siracusa, contemplando el puerto para ir despidiéndonos de esta pequeña isla que guarda tanto encanto, aunque antes de partir, no podíamos hacerlo sin pasar por el Caseificio Bordieri, un sitio de esos que es complicado de imaginarse si no estás allí mismo, contemplando cómo se hace un espectáculo de la elaboración de algo que puede parecer tan simple como un bocadillo.

Eran muchos los turistas allí concentrados para ver como en una sobre una repisa colocada fuera de un pequeño local, el maestro Bordieri, dueño de este negocio familiar, elaboraba los bocadillos con los mejores quesos y embutidos de la zona, interactuando además con la gente en un espectáculo, si se le puede llamar así, digno de ver. Nosotros, como es obvio, no nos fuimos de allí sin nuestro propio bocadillo, porque no solo es poder ver en directo esta peculiar forma de prepararlos en este local situado al comienzo del mercado, es que además se trata de una opción bastante económica y abundante para comer, que también resulta todo un placer para el paladar, así que es altamente recomendable si se pasa por allí.

Abandonábamos ya Ortigia, pero aún nos quedaba una última parada en Siracusa, cruzando ya hacia la parte más moderna, aunque no precisamente para ver ningún monumento contemporáneo, porque la siguiente parada era en el Parque arqueológico de Neápolis, un lugar donde se concentran un buen número de restos, entre los que destaca un enorme Teatro Griego bastante bien conservado, o un Anfiteatro Romano que también merece la pena ver, aunque esté algo más invadido por hierbas y maleza. Además, en este mismo parque arqueológico encontramos una cueva con una curiosa forma por la que recibe el nombre de La Oreja de Dionisio, una antigua cantera de piedra caliza con una acústica única. Completaban la visita a la Neápolis otros lugares como la Via dei sepolcri o La gruta del Ninfeo, situados en la parte alta del teatro griego.



Dos perlas en el camino, Noto y Ragusa
La siguiente parada donde hacíamos noche en el viaje era Agrigento, pero de camino hasta llegar allí, hicimos un par de visitas rápidas, con el fin de conocer Noto y Ragusa, dos localidades pequeñas, pero que en la mayoría de blogs y guías que habíamos consultado antes del viaje aconsejaban visitar, incluyendo también a Modica, aunque en este caso, por falta de tiempo, tuvimos que excluir este último sitio. Todo el Val di Noto, en el que se enmarcan estas ciudades está declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, y la verdad que tras nuestras visitas, entendimos el por qué, ya que merece la pena pasar por allí.
Así pues, la primera parada fue en Noto, que destaca principalmente por la concentración de obras del barroco tardío, lo que hace a esta ciudad una joya para los amantes de este estilo arquitectónico, siendo además ideal para visitar en poco tiempo, ya que prácticamente todo lo más destacado del lugar se concentra a lo largo de la calle principal, el corso Vittorio Emanuele, que hay que recorrer de punta a punta para admirar todas Iglesias y Palacios que allí se concentran, todos construidos a partir de 1693, después de que un terremoto asolase la localidad en esa fecha, obligándola a reinventarse para convertirse en la pequeña joya que es en la actualidad.
En nuestro recorrido, queremos destacar la Piazza del Municipio, situada en uno de los extremos del corso Vittorio Emanuele, un lugar en el que nos encontramos de un lado la Catedral de San Nicolo, a la que se accede por una bella escalinata, pero que cuenta con un interior menos espectacular de lo que cabría esperar. A cambio, ofrece una gran visión a su salida del Palazzo Duzecio, situado justo enfrente y que a día de hoy alberga el ayuntamiento de la localidad.


A partir de aquí, seguimos avanzando a través de más construcciones barrocas, con otras plazas destacadas como la de la Inmaculada o la Piazza XVI Maggio, y con calles perpendiculares en las que se suceden iglesias, palacios o conventos, todo ello formando un centro histórico espectacular arquitectónicamente, que acaba en lo que sería el principio del corso Vittorio Emanuele, la Porta Reale, que aunque sirva de entrada para la mayoría, nosotros la usamos como salida, no sin antes reponer fuerzas y refrescarnos con una granita, ideal para dirigirnos de vuelta ya hacia el coche, que pudimos aparcar en una calle cercana al centro, ahorrándonos el tener que pagar parking.


La tarde avanzaba ya, así que no teníamos tiempo que perder, cogiendo camino hacia Ragusa, otro de los sitios destacados de este Val di Noto. Nuestra primera parada allí fue la Chiesa di Santa Maria delle Scale, y no por ver la iglesia en sí, situada en la parte alta de la ciudad, sino porque desde su exterior, hay una vista imperdible a la parte antigua, la llamada Ragusa Ibla, que desde este punto presenta una gran belleza, haciendo que, tras las oportunas fotos, desees ponerte en camino cuanto antes para recorrer sus pequeñas y empinadas calles.

Porque sí, esta parte antigua destaca por su belleza, pero también por sus cuestas y escaleras, así que hay que prepararse para aguantar el esfuerzo, porque merece la pena empezar desde abajo, en la Piazza della Repubblica, para ir poco a poco subiendo hacia el Duomo di San Giorgio, cuya cúpula azul habíamos podido ver antes en la distancia y que ahora vamos contemplando ya cercana, primero por las últimas callejuelas que nos llevan a la plaza delante de la catedral, a la que no pudimos entrar ya por la hora, pero que sí pudimos contemplar mientras el sol caía a su espalda, con un bonito atardecer en un gran escenario. Antes de marchar, aprovechamos para ir hasta Via Solarino, un lugar desde donde contemplar una gran visión de la panorámica del Duomo, y que fue nuestra última parada en la localidad antes de encaminarnos, ya de noche hacia el coche para llegar a la parada final de este largo día.



Agrigento y su majestuoso Valle dei Templi
Y esa parada no era otra que Agrigento, a donde llegamos para descansar ya directamente en el apartamento que habíamos reservado, Le Scalette del Centro, situado en la zona alta del centro de la ciudad, con estrechas calles que no tienen la mejor conservación en cuanto a asfaltado, pero donde se puede aparcar de forma gratuita. Una vez que dejamos el coche, nos costó algo dar con el sitio en sí, pero finalmente pudimos encontrarlo para recoger la llave y dirigirnos a nuestro apartamento para reponer fuerzas.
Al día siguiente la mañana comenzó bien, con un gran desayuno casero preparado por la dueña del establecimiento, con multitud de cosas variadas para empezar la jornada de la mejor manera. En nuestro caso, decidimos dar un paseo por el centro histórico de Agrigento, comenzando por la Catedral de San Gerlando, que estaba próxima a nuestro alojamiento, yendo desde allí hacia la Via Atenea, arteria principal de la localidad con tiendas y diversos Palacios e Iglesias, pero también con lugares con un encanto diferente, como la Via dell’Arte.


Realmente Agrigento en sí no es una ciudad que destaque especialmente, pero el motivo de nuestra visita estaba en el lugar al que nos dirigimos a continuación, que no es otro que el Valle dei Templi, una visita imprescindible que, aunque sabíamos ya de su espectacularidad, superó incluso nuestras expectativas.

En nuestro caso optamos por dejar el coche en el aparcamiento situado en la Porta V, desde donde se accede a la visita por el Tempio deis Dioscuri, que a pesar de contar con pocas columnas ya en pie, empieza a dar una idea de lo que vas a encontrar más adelante.

El siguiente lugar destacado es el Tempio di Zeus Olympios, que tampoco tiene en pie mucho ya, pero es el que tenía mayor tamaño en su momento, y en donde aún se pueden contemplar, aunque yaciendo en el suelo, los llamados telamones, estatuas colosales con aspecto humano.
Más adelante, se encuentra el Tempio di Ercole, dedicado a la veneración de Hércules, este sí con hasta ocho columnas en pie.


Pero si este tramo ya recorrido impresiona, realmente es solo una antesala de la parte más espectacular, que comienza con el templo mejor conservado de todo el complejo arqueológico, el Tempio della Concordia, antiguo templo griego que impresiona ya desde la distancia y deja una hermosa postal desde cualquier ángulo, teniendo además el atractivo de la estatua del ángel caído, situado en uno de sus laterales.



Por último, llegando al extremo opuesto del Valle, encontramos el Tempio di Giunone, dedicado a Juno y también conservado bastante bien en las columnas del perímetro.


La verdad que impresiona la concentración de templos, todos ellos datados entre los años 510 y 430 a.C., en un espacio tan reducido, y el complejo de este Valle dei Templi está muy bien aprovechado, ya que aparte se pueden ver también recreaciones de la maquinaria que en su momento se utilizaba para poner en pie estas colosales construcciones, por lo que aparte de la aportación cultural, tiene un punto didáctico que lo hace aún más interesante. Lo único malo es la falta de sombras en todo el recorrido, por lo que si toca hacerlo en un día soleado y caluroso, como fue nuestro caso, es mejor ir bien provistos de agua, porque seguro que la aprovecharemos.




Nosotros, debido a este calor y a tener un rato libre antes del atardecer, decidimos darnos un pequeño premio y por primera vez tomarnos un descanso para ir a la playa en Capo Rossello y refrescarnos un poco antes del atardecer, momento en el que ya teníamos apuntado como ‘obligatorio’ contemplarlo desde la Scala dei Turchi, un lugar que ya pudimos admirar previamente desde la propia playa en la que estuvimos, pero que resultó aún más impresionante de cerca cuando ya, tras el chapuzón, fuimos y lo vimos in situ.


Este acantilado de piedra caliza blanca, tallado a lo largo del tiempo por el mar y el viento en forma de escalera tiene una innegable belleza, pero también el problema de la masificación, ya que son muchos los que se acercan durante el día hasta allí, pero sobre todo para contemplar desde sus ‘escalones’ el atardecer, y unos lo hacen con más respecto por este lugar tallado por la naturaleza, y otros con menos, dejando su huella sobre la piedra marcando nombres o fechas. Una auténtica pena, porque a la larga se podría perder un precioso lugar que regala una inolvidable visión del sol cayendo sobre el mar.





Así acabamos nuestro día en la región de Agrigento, tomando ya el coche de nuevo para hacer uno de los trayectos más largos de nuestro viaje, porque esa noche tocaba pasarla ya en la capital de la isla, Palermo.
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