Cada viaje hay que empezarlo por los preparativos, y en este caso, tras analizar las posibilidades dadas las fechas de las que disponíamos, finales de septiembre, nos decidimos por probar a visitar Sicilia, ya que la intención era combinar el turismo cultural con algo de playa, y poder visitar la isla italiana nos pareció la mejor elección en cuanto a opciones posibles y precio.
Para los alojamientos, optamos por reservar todo a través de booking, combinando un poco hoteles y apartamentos, y en cuanto al itinerario, tuvimos que ajustarlo mucho, ya que solo teníamos siete días, que por conexiones de vuelos quedaron recortados a seis, dejando la opción el último día de hacer una visita rápida a Milán, donde teníamos una escala bastante larga que así aprovechábamos.
Con estos condicionantes, y atraídos por lo mucho que pudimos ver que nos ofrecía Sicilia, nos costó dejar cosas fuera, así que nos lanzamos a la aventura y decidimos planificar visitar lo máximo posible, con jornadas bastante largas, pero que luego una vez finalizada y analizada la experiencia, pese al cansancio, creemos que fue un acierto, pese a que es probable que alguna de las visitas mereciera un poco más de tiempo, pero hubiéramos tenido que dejar fuera cosas interesantes.

Para acabar con esta introducción, solo queda mencionar el tema del transporte, que hicimos con un coche de alquiler en el propio aeropuerto de Fontanarosa en Catania al que llegamos, tras una escala corta en el aeropuerto de Roma-Fiumicino, después de salir a primera hora de la mañana desde el aeropuerto de Madrid-Barajas Adolfo Suárez. Teníamos algo de miedo tras leer vía internet que las empresas intentaban aprovechar lo más posible haciendo cargos no del todo justificados en ocasiones, algo que unido a que las referencias sobre la manera de conducir de los sicilianos, siempre bastante negativas, nos hizo optar por cubrirnos las espaldas con la cobertura premium de Rentalcars, aunque en Goldcar, la empresa que escogimos para el alquiler, intentaron hacer que sumáramos también el seguro premium suyo, algo que ya esperábamos y a lo que nos negamos. El coche que nos adjudicaron era relativamente nuevo, aunque tenía bastantes marcas de pequeños golpes, lo que nos ponía sobre aviso de lo que nos esperaba en las calles y carreteras sicilianas, pero al final no tuvimos ningún problema durante la estancia y no nos cargaron ningún extra. Lo único anormal que nos sucedió fue tener que repostar AdBlue, algo que desconocíamos cómo funcionaba y que tras informarnos por internet, nos obligó a un gasto de 14 euros que en teoría luego nos debían reembolsar desde la compañía de alquiler, pero que aún estamos a la espera de que lo hagan, ya que aunque dijeron que estaría en unos días, no ha sido así y hemos tenido que poner reclamación.
Pero bueno, mejor ir a lo interesante, que es la visita en sí por Sicilia, algo para lo que vamos a dividir este texto en apartados, según cada una de las etapas que hicimos, fraccionándolo también en varias entradas, ya que una vez empezada la aventura, merece la pena contar un poco todo, y así la lectura puede hacerse un poco más amena, así que dejemos ya los preámbulos y vamos a conocer nuestra experiencia.
La bella Taormina y sus espectaculares vistas
Nuestro primer destino en la isla nos llevó un poco al norte de Catania, llegando a Taormina ya por la tarde, aunque nuestro alojamiento se encontraba un poco más arriba de esta bonita localidad, conduciendo por una empinada y tortuosa carretera hasta Castelmola, para llegar a un hotel que, pese a ser algo antiguo y pese a las dificultades de comunicación con su dueño, que no hablaba casi inglés, nos regaló unas vistas espectaculares, con el volcán Etna de fondo a un lado y el mar Jónico al otro, además de poder disfrutar del mejor desayuno del viaje, en una terraza con las mismas vistas que disfrutábamos desde la habitación, haciendo honor al nombre del establecimiento, que no era otro que Hotel Panorama de Sicilia.

Una vez instalados, dejamos el coche en el hotel y bajamos hasta Taormina en un autobús que cubría regularmente el trayecto, adentrándonos en un pueblo que desprendía encanto en cada uno de sus rincones. Empezamos el recorrido por Corso Umberto a través de la Porta Messina para ir caminando a través de esta arteria principal, donde las tiendas de todo tipo se suceden, así como iglesias y palacios, llegando hasta la Piazza IX Aprile, donde se podía disfrutar de un atractivo mirador a la bahía por un lado y de la Chiesa de San Giuseppe al otro, todo ello aderezado con el ambiente que daban las terrazas de los restaurantes llenas y los músicos que allí tocaban, dejando una bonita estampa mientras caía ya la noche.

Seguimos nuestro camino por esta arteria principal de la ciudad para alcanzar otro de los puntos imprescindibles, la Catedral de San Nicolás, situada en una bonita plaza poco antes de llegar al punto final de Corso Umberto, la Porta Catania, donde emprendimos el camino de vuelta pensando ya en reponer fuerzas y comer algo. En este caso, siendo el primer día, nos decidimos por probar alguna de las sugerencias que nos habían hecho algunos amigos que ya habían estado en Sicilia, dos de las especialidades de la isla, los famosos arancini para empezar, que pese a su sencillez, fueron de lo mejor de este viaje en cuanto a gastronomía, y un cannolo de postre, un dulce que también merece la pena en cualquiera de las variantes, tanto de crema, ricotta, chocolate o pistacho.

El horario de vuelta del autobús nos hizo que llegáramos de nuevo a Castelmola no muy tarde, así que, a pesar del cansancio por el viaje, aprovechamos para tomar algo en el bar Turrisi, un curioso local de varios pisos en el que toda la decoración tiene como temática penes, y que además tiene una bonita vista a la Chiesa de San Nicolo de Bari. Poniendo el perfecto punto final a esta primera jornada con un vino alla mandorla, también típico de la zona, que pese a ser un vino dulce, del que no somos especialmente aficionados, nos sorprendió gratamente.

La primera mañana en Sicilia amaneció con esas vistas al Etna y a la bahía, aderezadas con un buen desayuno para coger fuerzas, tras lo que hicimos una visita rápida por lo que nos quedaba por ver en Castelmola, básicamente el castillo, que resultó algo decepcionante, porque de castillo ya le quedaba poco, más allá de unas escasas ruinas.
A partir de ahí, esta vez sí cogimos el coche para emprender la bajada hacia Taormina, haciendo una primera parada en el Santuario Madonna della Rocca.

Al llegar en coche, no hicimos el camino más típico, que supone subir por una escalinata desde la misma Taormina, pero pese a eso, pudimos disfrutar de las vistas, con el Teatro Griego de fondo, que iba a ser nuestra siguiente parada, ya que, tras dejar el coche en uno de los dos parking disponibles, uno a cada lado del Corso Umberto, nos dirigimos hacia este teatro que es símbolo de la localidad, manteniéndose muy bien conservado y aún en activo para acoger espectáculos en un marco incomparable, ya que las vistas desde el graderío, con el mar al fondo y el Etna a un lado, son espectaculares.


A la salida, aprovechamos para refrescarnos con una granita, básicamente un granizado con distintas opciones en cuanto a sabores que venía siempre bien para combatir el calor, y acompañarnos por otro paseo por Taormina en el que seguir disfrutando ya no solo del camino principal por Corso Umberto, sino también de los pequeños callejones con encanto que salían a un lado y a otro.
Pero el tiempo apremiaba y la agenda de visitas estaba cargada, así que tocaba despedirse de esta primera parada, sin tiempo para acercarnos a ver otro de los lugares marcados, la Isola Bella, que al final solo pudimos contemplar desde la altura en el Teatro Griego, quedándonos con las ganas de habernos podido dar un chapuzón en sus inmediaciones.
El imponente Etna
Tras la mañana de visita por Taormina, emprendimos viaje hacia el volcán Etna. Desde que llegamos a la isla, su silueta siempre había estado presente, así que había bastantes ganas de conocer in situ el lugar, del que habíamos leído mucho sobre lo que nos íbamos a encontrar. Eso sí, al final, por problemas de tiempo, no pudimos hacer la visita como nos hubiera gustado, caminando durante la segunda parte en vez de coger los autobuses, pero aún así, mereció mucho la pena esas horas que allí pasamos, a pesar también del dinero que costó, ya que no es nada barato, sumando el funicular, el autobús y el guía en la parte más alta.
Así que allí estábamos, en el rifugio Sapienza, tras el ascenso en coche, viendo ya durante la última parte ese paisaje volcánico tan característico, a casi 2.000 metros de altitud. Desde allí, nos encaminamos hacia el funicular, un medio que nos permitió salvar la primera fase de ascenso ya sin coche, que además es la más complicada dado el desnivel existente en la pista que hay que tomar si vas a pie para alcanzar la cota de los 2.500 metros de altitud.

En esta fase intermedia llegamos a otra zona con cafetería, donde decidimos, dada la hora, comprar los billetes del autobús todoterreno 4×4 que realizan el siguiente tramo de subida, una zona por la que también es posible ascender caminando, que era nuestra idea, pero que al final hicimos en estos vehículos que continuamente van subiendo y bajando, llevando a los turistas como nosotros que visitan este lugar, porque a pesar de que no es precisamente un paseo, hay muchísima gente allí.

Desde el autocar las vistas ya son de por sí impresionantes, con cráteres visibles a los lados del camino marcado, así como otras zonas con caprichosas formas producidas por las coladas de lava de erupciones pasadas de este volcán, que no hay que olvidar, sigue activo y frecuentemente va remodelando sus laderas. Nuestro viaje nos dejó en el antiguo refugio de la Torre del filósofo, a 2.900 metros de altitud, hoy abandonado, pero lugar en el que está marcado el límite si quieres subir por libre, habiendo la posibilidad, allí mismo, de contratar a un guía para continuar el ascenso todo lo que las condiciones meteorológicas lo permitan.

En nuestro caso, tomamos esta opción del guía junto al grupo con el que subimos en el autobús, pero el ascenso hasta la cima, debido al fuerte viento, no era posible, así que visitamos las inmediaciones de la Torre del Filósofo, paseando por varios de los cráteres formados recientemente, y con vistas a la humeante cima del volcán. Los paisajes allí eran espectaculares, y las explicaciones del guía sobre la actividad que había llevado a las formas actuales de la zona hacían más interesante un paseo en el que se agradecía mantenerse en marcha, ya que el viento provocaba que la sensación térmica se desplomase.

Además, la fuerza de este viento provocaba que los paseos por la parte alta de los cráteres no fueran muy sencillos, ya que en las zonas más expuestas, por momentos dificultaba incluso el avance, pero sin impedir la observación de las laderas más bajas de la montaña desde esa altura, unas vistas difíciles de olvidar, igual que las sensaciones de coger un pequeño puñado de tierra y notar el calor del volcán en tus manos, una buena muestra de la fuerza de la naturaleza, en ese momento latente, pero capaz de explotar en cualquier momento para volver a variar una vez más un paisaje que está en continuo cambio.

Tocaba emprender de nuevo el camino de vuelta, con bajada en el autocar todoterreno y en el funicular para regresar al rifugio sapienza, donde para recuperar fuerzas cogimos una pizza y unos arancini, antes de aprovechar para ver el Crateri Silvestri, muy cercano al propio aparcamiento y que fue el perfecto colofón a una gran experiencia.

Y es que los últimos rayos de sol iban cayendo y nosotros aún teníamos una hora de camino hacia Siracusa, lugar donde teníamos reservado nuestro siguiente alojamiento, pero bueno, eso podréis verlo ya en la segunda parte de esta aventura siciliana.
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