La decadente elegancia de Palermo y la joya normanda de Monreale

Tras un viaje de unas dos horas, ya de noche tras haber visto el atardecer en la Scala dei Turchi, llegamos a Palermo, algo que ya habíamos planeado así para evitar en la medida de lo posible el caos circulatorio que habíamos leído que es la ciudad. Llegamos directos al apartamento reservado, un B&B llamado Marilu, situado cerca del centro histórico y que tenía cercana una calle en la que poder aparcar el coche de forma gratuita, lo que nos permitía despreocuparnos. Además, coincidió que justo enfrente del apartamento había una pizzería, así que aprovechamos para pedir allí la cena, bien acompañada de dos birras Moretti de dos tercios, que subimos para comer en el apartamento y que tras el cansancio de todo el día, nos supieron a gloria.

A la mañana siguiente, madrugamos para ponernos pronto en marcha, decidiendo desayunar sobre la marcha en la primera de las visitas del día, que no era otra que el Mercato di Ballaro, parecido en cierta manera al que ya habíamos conocido en Siracusa, pero mucho más grande, pleno de colorido, con puestos de todo tipo, pero predominando los de alimentación en todas sus variantes, y con bullicio constante de gente caminando, o en moto, cruzando entre los puestos. Una gran experiencia para empezar el día, pero también para desayunar, con un buen zumo recién exprimido.

Desde allí, nos dirigimos hacia la Via Maqueda, una de las dos largas calles principales de la ciudad, donde pronto pudimos admirar la Iglesia de Santa Maria dell’Ammiraglio y la Iglesia de San Cataldo, situadas una junto a otra, poco antes de llegar a la Piazza Pretoria, con su espectacular fuente homónima, situada frente al actual Ayuntamiento.

Los lugares de interés en esta zona se multiplican, más aún al llegar a la intersección con la otra calle principal, la Via Vittorio Emanuele, un punto llamado Quattro Canti, parada obligatoria en Palermo para admirar las cuatro fachadas de cada una de las esquinas, en las que se puede reconocer las estatuas de cuatro reyes (Carlo V, Filippo II, Filippo III y Filippo IV), de cuatro santas (Cristina, Ninfa, Oliva y Agata) y la representación de las cuatro estaciones, un espectacular lugar en el que merece la pena pararse unos minutos para poder observar con detenimiento cada una de las fachadas.

Nosotros decidimos encaminarnos a partir de ese punto por la Via Vittorio Emanuele en lugar de seguir por Via Maqueda, caminando entre la gente para acabar llegando hasta la Catedral de Palermo, que a primera vista resulta simplemente espectacular, con una mezcla de estilos arquitectónicos que la hace peculiar y le da un aire diferente, aunque dada la cantidad de gente que hacía cola para visitarla, preferimos no perder excesivo tiempo para entrar, conformándonos con admirarla desde el exterior antes de continuar la visita por la ciudad.

A partir de ahí, seguimos calle arriba caminando hasta llegar al Palazzo dei Normandi y la Capilla Palatina, desde donde, ya saliendo de la Via Vittorio Emanuele, fuimos hasta la Iglesia de San Giovanni degli Eremiti, última parada de la mañana.

En ese momento, decidimos parar en una focacceria junto a la iglesia de San Giovanni degli Eremiti, un lugar llamado igual, con aspecto sencillo, para comer en la misma calle y que pese a la apariencia un poco descuidada que ofrecía en principio, nos sorprendió con una pasta de buena calidad y a muy buen precio, bien acompañada nuevamente de una birra Moretti.

Después de esta comida, en vez de regresar por la Via Vittorio Emanuele de nuevo, preferimos la opción de callejear por este centro histórico de Palermo, atravesando calles mucho menos cuidadas, para comprobar que no le falta razón a los que afirman que la limpieza y el cuidado no es el fuerte en Sicilia, aunque la verdad, creo que siendo esto muy mejorable, es ya también una seña de identidad de esta isla italiana, que le da ese aire diferente y un tanto decadente que es parte de su encanto.

Pero bueno, una vez de vuelta ya al eje principal de la ciudad en Quattro Canti, esta vez sí, continuamos rectos por la Via Maqueda hasta llegar al Teatro Massimo, el mayor de los teatros de ópera de Italia y que visto desde fuera, sí impresiona por su tamaño.

Visto ya todo lo que en principio considerábamos principal, exploramos un poco más a través de las calles adyacentes a las dos principales, acercándonos a la zona del Mercato de La Vucciria, que a esa hora de la tarde estaba lejos del bullicio que vimos por la mañana en Ballaro, pero que fue ya la última parada antes de volver hacia el apartamento para coger el coche y enfrentarnos al infernal tráfico palermitano.

Lo hicimos para ir hasta Monreale, una localidad cercana a Palermo, aproximadamente a unos 10 kilómetros, en la que merece la pena visitar su Catedral, de estilo árabe-normando e incluida en la lista de Patrimonio de la Humanidad de la Unesco en conjunto con Palermo y la Catedral de Cefalú.

Una vez llegamos a Monreale, dejamos el coche en una calle cercana al centro, siendo una zona de aparcamiento de pago, aunque la visita no fue excesivamente larga, ya que solo paseamos por el centro y visitamos la Catedral, que por fuera la verdad que pensamos que sería algo más espectacular, pero que se compensó con un bonito interior, que se podía visitar gratuitamente, en el que destacaba principalmente su Pantocrator.

Con la noche ya empezando a caer, emprendimos el viaje de vuelta a la capital, ya que no queríamos dejar pasar la oportunidad de repetir el paseo por el centro histórico de noche, aunque ahí llegó una gran decepción para nosotros, ya que no existía iluminación nocturna específica de los principales monumentos, que solo se contemplaban con la luz genérica de las farolas, por lo que lugares como la Fontana Pretoria, los Quattro Canti o la propia Catedral, no pueden lucir con el esplendor que merecerían.

Al menos a cambio, pudimos volver a disfrutar de la gastronomía de calle siciliana, que como podréis comprobar, nos deleitó durante todo el viaje, con sus arancini o cannoli, todo ello regado además con un Spritz que sirvió de cena perfecta para acabar el día antes de regresar de nuevo al apartamento.


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