Este verano la verdad que, ya que no se puede viajar mucho, estamos explorando bastante Portugal. Primero aprovechamos para pasar un fin de semana en el Algarve, aprovechando después para comenzar a conocer las Aldeias Históricas, pasando por Trancoso.
Pero este viaje no acabó ahí, ya que esa fue solo una parada, siendo el destino final Arouca, donde íbamos a pasar la noche para, a la mañana siguiente conocer los Passadiços do Paiva, un sendero hecho con pasarelas de madera que sigue el curso del río Paiva por un paraje espectacular, ofreciendo la opción de realizar una agradable ruta senderista, pero también a la vez dando la posibilidad de refrescarte en alguna de las playas fluviales que hay en este lugar, así que sabiendo nuestra afición por la naturaleza y nuestras ganas de explorar nuevos sitios en Portugal, no podíamos faltar a la cita con este increíble lugar.
Pero vamos por partes, y antes de empezar a narrar nuestra experiencia en el sendero, hay que contar la visita a Arouca, ya que, una vez allí, había que aprovechar para conocer esta pequeña villa portuguesa que se encuentra en el área metropolitana de Porto, y que es la base para muchos que, como nosotros, se acercan a la zona para realizar rutas senderistas o distintas actividades en la naturaleza, dada la existencia del Arouca Geopark.
En nuestro caso, llegamos ya de noche, directos a nuestro alojamiento, una habitación en una casa de una zona residencial, que tuvimos suerte y era la única que estaba cogida ese día, así que dispusimos de toda la casa para nosotros. Habíamos reservado casi en el último momento por Booking, así que no encontramos gran variedad para escoger, y tuvimos que quedarnos con este alojamiento, que no estaba mal, pero si no hubiéramos tenido suerte de estar solos, eran cuatro habitaciones, con un solo baño compartido, lo que hubiera hecho la estancia un poco peor seguramente.


Una vez ya instalados, aprovechamos para salir y dar un paseo para buscar un sitio donde cenar, optando por el Café Arouquense, donde sin grandes alardes, la verdad es que sí pudimos cenar bien, un Bife a la arouquense y un Prego no prato en una agradable terraza para aprovechar la noche.
Aunque paseamos algo antes de volver a la casa por la noche, la visita por la ciudad la dejamos para primera hora de la mañana, siendo lo más destacado el Monasterio de Santa María de Arouca, pero contando también con otros atractivos.





Los Passadiços do Paiva
En nuestro caso, tampoco queríamos entretenernos mucho, porque nos esperaban los Passadiços do Paiva, un sendero por pasarelas de madera que se extiende por 8’7 kilómetros, pero que es lineal, así que una vez que lo terminas, tienes la opción de volver en taxi al punto de partida, o como en nuestro caso, de hacer el camino a la inversa, así que había que ahorrar fuerzas para esos 17’4 kilómetros que íbamos a afrontar.
El camino siguiendo el río Paiva une las localidades de Areinho y Espiunca, eligiendo nosotros esta última para salir, ya que habíamos leído que, para la vuelta, el perfil era algo más cómodo, aconsejándose este sentido si se hace el recorrido de ida y vuelta.
También hay que decir que acceder a estas pasarelas no es gratuito, costando 2 euros por persona, menos para niños menores de 10 años, que es gratuito, pero se entiende este pago simbólico para tratar de preservar una infraestructura que ha llevado mucho trabajo realizar y que en dos ocasiones han tenido que ser cerrada al verse afectada en alguno de sus tramos por incendios forestales, lo que obligó a su reparación y a imponer este pago, además de limitar la afluencia a 3.500 personas diarias, por lo que no está de más comprar con antelación por internet las entradas en la web oficial.
Inauguradas en 2015, año a año han ido ganando en popularidad, recibiendo también premios en distintos certámenes y ferias sobre viajes, lo que deja ver su importancia, que además en un futuro crecerá, porque se está terminando la construcción del que será el mayor puente colgante de Europa, que ya se puede ver casi acabado y promete ser espectacular cuando esté accesible para extender el camino ya existente.

Pero bueno, toca hablar sobre el presente, que también merece mucho la pena, y como ya apuntamos antes, nuestro camino lo empezamos en Espiunca, donde por cierto, te hacen un control de temperatura antes de acceder a las pasarelas, en el momento en el que verifican que tienes tus entradas, algo que está bien en estos tiempos de pandemia.

A partir de ahí, accedes al inicio del camino, siempre por las pasarelas de madera, excepto algún pequeño tramo de tierra. En este sentido hacia a Areinho, vas río arriba, por lo que la tendencia del terreno es a ir poco a poco subiendo, aunque no hay grandes desniveles, al menos de momento, pero sí es importante contar con que muchos tramos se hacen al sol, así que no está de más protegerse.



Pese a ir junto al río, no hay muchos accesos para bajar hasta el cauce, que la mayor parte del tiempo se puede ver que transcurre tranquilo, aunque hay también algunas zonas de rápidos, dejando siempre unas vistas impresionantes para acompañar la marcha. A unos tres kilómetros del inicio está uno de esos accesos al río, en este caso a través de rocas y en una zona en la que el baño no es demasiado cómodo.


Teniendo un poco de paciencia, algo más adelante, a mitad de camino entre un extremo y otro del sendero, y tras pasar una zona en la que el río va más encajonado entre las paredes de roca, llegamos a la Praia do Vau, una playa fluvial en la que hay varias zonas en las que te puedes poner y bañarte si así lo deseas, estando el río en esta zona más tranquilo y formando algunas pozas.


Además, aquí puedes cruzar a la otra orilla por un pequeño puente colgante, que te lleva hasta otro sendero si quieres, o simplemente puedes cruzar el puente para disfrutar de la vista sobre el río, que la verdad que merece la pena, volviendo luego de nuevo para seguir el camino hacia Areinho.



A partir de aquí, el río vuelve a encajonarse un poco entre los dos márgenes de roca, y no mucho más adelante empiezas a ver en la lejanía la parte más dura de la ruta, un zig-zag de escaleras en subida para salvar un importante desnivel. Cuando se llega a este punto no queda otra que tomarlo con paciencia y que cada cual siga su ritmo, haciendo las paradas que necesite, porque es bastante exigente, aunque tampoco hay que tener miedo a no poder, porque se puede hacer tardando más o menos, según la condición física de cada uno.




Una vez completada esta subida, se llega a la base del futuro puente colgante, que la verdad que impresiona un poco y, como ya apuntamos antes, tiene muy buena pinta para cuando pueda atravesarse. También puede verse en el otro margen del río la Cascada das Aguieiras, y de nuevo volvemos a pasar por un control en el que chequean las entradas.


Tras el control, pasamos luego al último tramo, que ya es de acceso libre, con la bajada a Areinho, que básicamente es volver a salvar un desnivel como el que hemos hecho en subida antes, pero ahora bajando por escaleras, un nuevo castigo para las piernas que te hace entender por qué aconsejan llegar a Espiunca en caso de hacer el sendero de ida y vuelta, porque encontrar esta subida y bajada en el último tramo se tiene que hacer bastante duro.



Completada la bajada por los escalones, ya solo queda cruzar la carretera y hacer los últimos metros hasta la playa fluvial de Areinho, algo que nosotros agradecimos mucho, ya que a esa altura llevábamos tres horas de camino y con bastante calor, así que aprovechamos para refrescarnos con un baño y comer tranquilamente, reponiendo fuerzas para la vuelta.
La playa fluvial en este extremo es algo más pequeña que la que hay en mitad del camino, pero a nosotros nos gustó bastante, pasando ahí un rato muy tranquilo, porque tampoco había excesiva gente.



Con algo de pereza nos tocó más tarde emprender la vuelta, sabiendo que el primer tramo iba a ser bastante duro, pero programando una parada en la Praia do Vau para darnos otro baño. Aquí, había algo más de gente, y estando ya mediada la tarde, había una parte de la playa que se encontraba en sombra, lo que hizo que no disfrutáramos este baño igual que el anterior, pero aún así, ese pequeño descanso se agradeció.


Ya solo nos quedaban los últimos kilómetros, que siendo río abajo, tenían una ligera pendiente favorable, ayudando para llegar de nuevo a Espiunca, donde hay otra playa fluvial, aunque nosotros ya no fuimos hasta ella, aprovechando simplemente para tomar algo en el bar que hay junto al aparcamiento, completando así un largo día de caminata, que con paradas, fotos, baños y demás se alargó durante ocho horas, pese a lo cual, quedamos encantados con este lugar, con ganas de poder volver a lo mejor en un futuro para conocer el nuevo puente colgante o para explorar otros lugares por el Arouca Geopark.
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