Como ya habéis podido ver en este mismo blog, a mitad del mes de agosto pasamos tres días visitando Aveiro, y como os anticipamos en esa entrada, no todo fue visitar la ciudad, sino que también cruzamos la ría para conocer el otro lado. En esa estrecha franja de tierra que se extiende entre las aguas de la ría de Aveiro y el Océano Atlántico nos encontramos con tres sitios que, aunque cercanos, son muy diferentes entre sí, y la verdad que nos gustaron y merece la pena visitarlos.

La primera de las visitas el viernes fue a Praia da Barra, a escasos quince minutos en coche desde Aveiro, cruzando la ría y tomando el camino hacia la derecha. Esta zona es probablemente la menos vistosa de esta parte de la costa aveirense, pero aún así está bien acercarse para ver el Farol de Aveiro, junto a la desembocadura de la ría en el océano, y para bañarse en sus playas.

El faro, con sus colores rojo y blanco, es el más alto de Portugal, y el segundo en altura de toda la península ibérica con sus 62 metros, data de finales del siglo XIX y preside majestuoso esta zona e incluso se puede visitar, subiendo sus 283 escalones para llegar a lo más alto donde, según leímos, hay unas espectaculares vistas de toda la costa, pero estas visitas creemos que son solamente los miércoles, así que en nuestro caso no pudimos entrar.

Por tanto, después de caminar un poco por esta zona donde desemboca la ría, junto al faro, nos dirigimos hacia la playa, que está dividida en dos por un malecón. En la zona más cercana al faro el mar está más tranquilo, mientras que según te vas alejando, el oleaje se hace un poco más fuerte, siendo esa la parte de la playa la que escogimos para pasar la mañana.

Nuestra idea era haber estado más tiempo, pero en la costa había empezado a entrar algo de bruma a media mañana, hasta el punto de que, pese a estar cerca del faro, por momentos dejaba de verse por la niebla, así que, a pesar de que hacía calor, al final no estaba el mejor día de playa, así que cambiamos de planes sobre la marcha y después de comer volvimos a Aveiro para visitar la ciudad, ya que allí sí estaba mejor el día.

Para el segundo día planeamos visitar las Dunas de São Jacinto, un lugar que esperábamos que estuviera bien, pero que fue el que más nos sorprendió en positivo. Para llegar, lo mejor es coger el ferry que cruza la ría, ya que si no, en coche hay que bordear por el norte la ría y luego volver hacia el sur, en un camino que lleva casi una hora. El ferry en cambio te permite cruzar directamente e incluso se puede montar el coche en el propio barco.

Para llegar basta con poner en google maps Ferry Aveiro, que marca el lugar del puerto de donde sale el barco que durante el día va cruzando de un lado a otro con bastante frecuencia, así que tampoco requiere de mucha espera. En nuestro caso dejamos el coche aparcado del lado del Puerto de Aveiro, ya que luego el trayecto por São Jacinto preferíamos hacerlo caminando, costándonos el viaje 3’35 euros a cada uno.

En poco más de quince minutos se cruza de un lado a otro de la ría, y el ferry te deja en la pequeña localidad de São Jacinto, en el margen derecho de la desembocadura de la ría. Según bajas del barco, a un lado te encuentras con una base militar, quedando al otro un paseo que bordea la ría, que cuenta con varias terrazas donde tomar algo. Siguiendo este paseo, se termina viendo una señal que marca el camino hacia la playa, una larga recta que lleva hasta la Reserva Natural de las Dunas de São Jacinto.

Se tarde más o menos veinte minutos en cruzar de lado a lado caminando por este pequeño brazo de tierra entre la ría y el océano, viendo por el camino como la localidad de São Jacinto cuenta principalmente con casas vacacionales algo antiguas, lo que deja una sensación a veces como de haber retrocedido en el tiempo, dándole cierto encanto al lugar. Además, llegando a la playa también se puede ver que cuenta con un Centro de Alto Rendimiento de Surf, lo que te anticipa que aquí el mar no suele estar demasiado en calma.

Nosotros fuimos directamente a la playa, pero por la zona es posible hacer diversas rutas para adentrarte en la Reserva Natural, que cuenta con dunas fijas y móviles, zonas boscosas de pinos o algunas charcas de agua dulce donde hacen parada aves acuáticas migratorias, por lo que la zona tiene un gran atractivo para los amantes de la naturaleza, y la verdad que nos dejó encantados, así que dejamos pendiente esa ruta para conocerla más ampliamente.

En esta ocasión solo estuvimos en la Praia de São Jacinto, y la verdad que nos encantó. La entrada se hace por una larga pasarela de madera que permite atravesar la zona de dunas, adentrándote así en el extenso arenal que llega hasta donde alcanza la vista a un lado y a otro.

Se trata de una playa virgen de arena clara y fina, con un mar un tanto agitado, pero que notamos algo menos frío que el día anterior en el otro lado de la ría. La gran extensión de arena permite que la gente no se agolpe en el mismo sitio, y como único inconveniente, diríamos que el viento puede ser algo molesto a veces al levantar la arena, pero no es nada que no se pueda solucionar con un paravientos, un artículo que según vimos en la zona, es muy utilizado, no solo en esta playa.

Nos hubiéramos quedado todo el día allí, pero había que coger el ferry de vuelta, porque el plan era pasar la última parte de la tarde en la playa de Costa Nova. Esta localidad se encuentra al lado de Praia da Barra, pudiendo de hecho pasar de una a otra caminando por la playa, pero lejos de la sobriedad de su vecina, Costa Nova se ha hecho famosa por sus casas a rayas de colores situadas en el paseo de la ría.

Pero bueno, toca ir por partes, y como ya hemos dicho, primero quisimos ir un poco a la playa, que queda del otro lado de la localidad. La Praia de Costa Nova es bastante parecida a la Praia da Barra, aunque en la parte que entramos había que atravesar un poco de duna, quedando así más separada la playa de la parte urbana. El arenal es muy amplio, por lo que es complicado que haya problemas de masificación, y el agua, como en toda esta zona, está algo fría, pero sin problemas para bañarse.

Fue por tanto una gran opción para acabar la tarde, y el prólogo perfecto para el paseo por la otra parte de Costa Nova, esa que tantas veces habíamos visto en fotos por redes sociales y blogs.

Los palheiros, que así se llaman las casas de colores típicas, son construcciones tradicionales de esta región y servían de refugio para pescadores, así como de almacén para los útiles necesarios en sus tareas. Conforme la actividad pesquera fue perdiendo protagonismo frente a la actividad turística, estas construcciones empezaron a ser arrendadas a los visitantes, dándoles además ese toque de color al exterior que ha terminado siendo tan característico, convirtiéndose en un reclamo dada su vistosidad.

Al final, estos palheiros, hoy ya reconvertidos totalmente en viviendas de uso turístico, se han convertido en el símbolo de Costa Nova, atrayendo a mucha gente por su singularidad y ofreciendo un lugar diferente que se queda en la memoria por su colorido.

Además, fuera ya de esta Avenida José Estevão, la tendencia de las fachadas a rayas de colores se ha copiado y extendido por toda la localidad, y son muchos los rincones que ofrecen ejemplos de ello.

Como punto negativo, hay que destacar que al ser un lugar tan turístico, Costa Nova suele estar repleto de visitantes, y eso al final de la tarde se traduce en atascos hasta llegar a la salida que da al puente sobre la ría. Pero bueno, para compensar este punto negativo, hay que destacar que la espera se puede hacer más llevadera comiendo unas Tripas, un dulce típico de Aveiro parecido a un crepe, pero con la masa más gruesa, que puede ir relleno, siendo lo más típico el chocolate, pero habiendo múltiples opciones.

En la misma Avenida José Estevão, donde se encuentran los palheiros, se puede encontrar el puesto de Zé da Tripa, que a última hora de la tarde suele estar bastante concurrido con gente que tras salir de la playa repone fuerzas con una Tripa por unos dos euros, dependiendo del relleno que pidas, lo mismo que hicimos nosotros, mientras esperábamos que bajase un poco la densidad de tráfico, antes de regresar a Aveiro.


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